13 AÑOS DE CRÓNICAS EN ‘CATALIBANES’ 
Mostrando entradas con la etiqueta coca-cola. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta coca-cola. Mostrar todas las entradas

12 de abril de 2015

Hace un instante

La conocí cuando ambos cursábamos Primero. Sus intensos ojos verdes y la belleza de sus facciones estaban cautivadoramente enmarcados por las ondas de sus rubios cabellos. Noble, divertida, jovial, repleta de energía... A su paso desbordaba alegría y vitalidad. Y nunca nadie pudo decir que alguna vez la encontró cansada de tanto regalarnos sonrisas a los demás.

La recuerdo como un ser excepcional. Excepcional. Era de esa clase de mujeres que muchos desean y todas envidian. Y entre ella y yo pronto surgió una honda amistad.

Aunque posteriormente elegimos muy diferentes caminos, nos resistimos a perder el contacto. Y por más vueltas que diesen nuestras existencias, por más tiempo que hubiese transcurrido desde la última vez, y sin importarnos si azotaba el invierno o si ya había hecho acto de presencia el sofocante calor estival, siempre sabíamos cómo encontrar una mañana o una noche donde compartir confidencias, risas, cerveza, Coca-Cola y Marlboro. Junto con mucho, mucho y sincero aprecio y una gran complicidad.


Sobrecogedora muestra de arte funerario
en Père-Lachaise, París
Pero debido a esas cosas que después uno no sabe explicar por qué sucedieron, y aunque conservábamos intacta la mutua admiración, nuestros encuentros fueron haciéndose cada vez más infrecuentes. Hasta que dejaron de producirse: sin apenas percatarnos, el destino había cavado un profundo abismo entre los dos.

Los meses se transformaron en años y estos a su vez, en más de una década. A lomos de la cual llegó una nueva era totalmente distinta. Alentado por la creciente gama de posibilidades que brindan las modernas tecnologías, ayer se me ocurrió intentar localizarla a través de Internet. Quizás no fuese imposible dar con su paradero, tal vez incluso figurase en alguna red social. Mejor aun: ¿por qué no imaginar que su número de teléfono y su dirección actuales bien pudieran estar a un click de ratón en alguno de los múltiples directorios online disponibles? Cualquier información sobre ella sería bienvenida y constituiría un óptimo punto de partida para propiciar un entrañable reencuentro. Así que con esa ilusión me lancé a buscarla, tecleando el nombre y sus dos apellidos en mi ordenador personal. Lo que Google me devolvió fue su esquela mortuoria publicada en un periódico local.

Había fallecido a la edad de 42 años hacía cinco. Casi me caigo por la impresión.

Como el texto, escueto, ofrecía muy escasa información, albergo la esperanza de encontrar a algún pariente que me explique las circunstancias de su prematuro final.

Para proporcionarnos bienestar emocional, la mente crea en nosotros una falsa sensación de estabilidad de nuestro entorno. Vivimos convencidos de que todo cuanto nos rodea (las personas, los bienes y la situación de que ahora disfrutamos; nuestro pequeño o gran mundo, en definitiva) continuará ahí mañana, exactamente igual. Y también pasado mañana. A pesar de que la experiencia nos advierte de lo contrario.

No es buena idea posponer las palabras amables, jamás conviene dejar para luego la expresión de nuestros afectos, ningún abrazo debe quedarse por dar. Porque lo único seguro que hay en esta vida... es el cambio.

19 de julio de 2013

El increíble vuelo del ‘hombre-silla’

El 6 de octubre de 1993, Larry Walters, de 44 años de edad, volvió a internarse en el turístico parque Angeles National Forest, de California. Anduvo hasta un remoto paraje, su favorito. Y una vez allí, contemplado por la grandiosidad de aquel paisaje natural que prolongaba su belleza hasta el horizonte, se pegó un tiro en el corazón con una escopeta.

La suya es una sorprendente historia que había comenzado once años antes.

Camionero de profesión, Lawrence Richard Walters siempre soñó con volar. No había sido admitido en las Fuerzas Aéreas debido a falta de agudeza visual. Tampoco poseía formación aeronáutica de ninguna clase. Pero ese “pequeño” inconveniente no iba a frenarle en sus aspiraciones. Guardaba celosamente varias decenas de globos meteorológicos que, siendo solo un niño, había comprado en una tienda de excedentes de la Armada, decidido a cumplir algún día un descabellado propósito.

Y el momento llegó, el 2 de julio de 1982. El pequeño patio trasero de la casa de su novia Carol, en la localidad californiana de San Pedro, resultó el emplazamiento elegido como eventual base de despegue. Larry ató 42 de aquellos balones aerostáticos a una silla de jardín —hecha en aluminio y adquirida en los grandes almacenes Sears por 110 dólares— y, uno a uno, fue inflándolos con helio. Su equipaje durante la travesía se compondría de, entre otras cosas, una botella de Coca-Cola de tamaño familiar, un transmisor de radioaficionado para alertar de su presencia a otras aeronaves y comunicarse con su tripulación en tierra, algunos bocadillos, un altímetro y ―lo más importante― una pistola de aire comprimido para aterrizar reventando los globos a disparos. La silla llevaba además 35 garrafas de agua amarradas alrededor como lastre. Cuando el Inspiration I ―así había bautizado al ingenio― estuvo definitivamente listo, su intrépido inventor se acomodó a bordo sentándose con un paracaídas y mediante un gesto indicó a sus amigos que cortaran las dos sogas de nylon que lo mantenían anclado al parachoques del jeep de uno de ellos. Sucedió entonces algo imprevisto: el artefacto salió lanzado violentamente hacia arriba a una vertiginosa velocidad de más de 180 km/h, unos 5 metros por segundo, que incluso causó la pérdida de las gafas de sol a su atónito ocupante. El reducido grupo de ayudantes y curiosos allí congregados observaron cómo Walters iba desapareciendo en el cielo, convirtiéndose en un punto lejano y casi irreconocible. Su ascenso libre duró varios minutos, hasta alcanzar una altitud de 5.000 metros (16.000 pies).

El plan inicial consistía en elevarse suavemente apenas unas decenas de metros, las suficientes para asegurarse buenas vistas. Y ser luego impulsado por la brisa centenares de kilómetros a través del cercano Desierto de Mojave, hasta concluir el viaje en las Montañas Rocosas sin mayores problemas al cabo de escasos días. Mas nadie había realizado cálculo alguno sobre la enorme fuerza ascensional encerrada en tantos metros cúbicos de gas y la idea salió mal.

Carol, nerviosa ante el cariz que estaban tomando los acontecimientos, contactaba desesperadamente por radio para saber el estado de salud de su errante compañero, quien se encontraba mareado y medio congelado por las bajísimas temperaturas. Y aunque portaba consigo una cámara, la impresión le impidió sacar ni una sola fotografía durante las largas horas en que permaneció flotando sobre la populosa ciudad de Los Ángeles.

El perplejo piloto de un avión de la TWA transmitió a la torre de control que acababa de cruzarse en el aire con un señor sentado en una silla. Y solicitó la inmediata activación de un plan de salvamento. Otro piloto, de la compañía Delta en esta ocasión, informaba sobre la misma grotesca escena unos instantes después. Para entonces, Larry ya había dado orden a sus colaboradores de que pidieran ayuda pues temía invadir el espacio aéreo del aeropuerto, con el lógico riesgo que eso conllevaba. Él mismo consiguió sintonizar desde las alturas con un canal de emergencias usando su radiotransmisor y describió su dramática situación a un operador, el cual no salía de su asombro ante lo que estaba escuchando.

En su incontrolable deambular, el náufrago volador divisó el césped de un lujoso club de golf. Parecía un lugar idóneo donde posarse y terminar aquella peripecia, por lo que creyó llegada la oportunidad de descender, disparando unos cuantos balines a los globos. Pero perdió el arma en el intento al escurrírsele de las manos y el Inspiration I continuó a la deriva, yendo a enredarse en unas líneas de alta tensión de la Calle 45, en un barrio residencial al nordeste de Long Beach. «Ahí fue cuando me asusté ―explicaría Larry más tarde al rememorar sus sensaciones mientras veía aproximarse las torres eléctricas―, esas cosas te fríen».

Afortunadamente, el recubrimiento de los cables le aisló de una fatal descarga y los bomberos lograron rescatarle ileso, tras cortar el suministro de electricidad durante 20 minutos en una extensa zona de viviendas.

Mientras la Policía procedía a detenerle y esposarle, Walters comentó jocosamente a un reportero que se había abalanzado a arrancarle una entrevista:
«Ya no puede uno ni sentarse un rato».
Acababa de batir un récord mundial de altura en la modalidad de vuelo con varios globos montado en aquella silla de jardín, la cual regaló a unos niños del vecindario donde había aterrizado y que no volvería a ver jamás —con posterioridad, lamentaría profundamente haberse desprendido de ella; sobre todo después de conocer el interés mostrado por el Smithsonian Institute para exhibirla en su museo—. Pero su proeza nunca fue inscrita oficialmente porque no reunía los requisitos imprescindibles, ni había contado con instrumental homologado que la registrara de manera fiable.

Muy disgustada con él, la Administración Federal de Aviación (FAA) sancionó al imprudente Larry con 4.000 dólares por cuatro infracciones graves de su normativa: volar en un aparato sin certificado de aeronavegabilidad, provocar riesgo de colisión con otros aviones, entrar en el área de tráfico de un aeropuerto sin mantener comunicación con los controladores de la torre, y poner en peligro vidas y propiedades. No obstante, esta aceptó varias alegaciones y finalmente redujo el importe de la multa a solo 1.500 dólares.


La silla, en la actualidad. Aunque se creía perdida,
ha sido recuperada recientemente y conserva aún
13 de las 35 garrafas originales que la lastraban
(Fotografía: Mark Barry; Markbarry.com)
Larry Walters era ya en esos momentos toda una celebridad. La noticia había gozado de tan amplia difusión que dejó su empleo en la empresa de transportes, convencido de hallarse ante un prometedor futuro mediático. Participó como invitado en varios programas de radio y en dos espacios de gran audiencia de la televisión norteamericana: Late Night with David Letterman y The Tonight Show, presentado por el afamado Johnny Carson. Llegó incluso a ser requerido como conferenciante en seminarios sobre motivación.

Pero, aunque probadamente valeroso —temerario, más bien—, este Ícaro moderno era hombre taciturno y de pocas palabras; carecía de cualidades para la comunicación. Y pronto cayó en el olvido del público.

Apenas había obtenido unos cientos de dólares con sus apariciones en los medios. Que sumados a los 1.000 que la marca Timex le pagaría en 1992 por anunciar relojes, ni siquiera llegaban para sufragar el coste total de su aventura. Amargamente decepcionado con los resultados, optó por volver a su modo de vida sencillo. Siempre había confesado amar la tranquilidad y la Naturaleza, e ingresó en el Servicio Forestal de los Estados Unidos. También el terreno sentimental le depararía otro duro revés cuando, después de tres lustros de noviazgo, sufrió el abandono de Carol.

Soltero y sin hijos, únicamente le sobrevivieron su madre y dos hermanas. Quedan para el recuerdo las declaraciones que realizara al periódico Los Angeles Times al regreso de su insólito paseo:
«Tenía que hacerlo. Llevaba 20 años soñando con ello, y si no lo hubiese llevado a cabo, creo que habría terminado encerrado en un manicomio. Nunca pensé que, alcanzando mi meta en la vida, mi ilusión, armaría tal revuelo y conseguiría que la gente se riese».
Supe de estos asombrosos hechos hace ya algún tiempo y fue mucho lo que me impresionaron. He querido compartirlos con los lectores, aquí, en el blog. Hoy no tenía ganas de escribir sobre esos colgados e ilusos del separatismo; estoy cansado, me tienen harto, no se merecen tanta atención. Aunque, en el fondo, este relato trata un poco sobre ellos también.