Hoy los yihadistas están más irritados de lo habitual (¡que ya es!) porque dicen que Juan Antonio Samaranch era franquista y les indigna que monten su capilla ardiente en el Palacio de la Generalidad. Y, para afrentarle, se han colgado del alminar una foto del señor saludando brazo en alto durante algún acto oficial de la época. Éstos mismos, sin embargo, no protestaron en 1986 cuando el “franquista” —por entonces, presidente del Comité Olímpico Internacional— dio las olimpiadas a Barcelona. Sí, sí, ésas en cuya ceremonia inaugural el Molt Honorable Jordi Pujol permitió (¿o promovió?) que se agradecieran a los españoles los miles de millones de pesetas que de sus impuestos costaron mediante la kilométrica megapancarta del «Catalonia is not Spain».
Tampoco dijeron ni pío en todos los años que como presidente habitó el palacio Pasqual Maragall, ahora adalid de la causa federalista pero, en tiempos, estrecho colaborador y hombre de confianza del célebre alcalde del franquismo José María de Porcioles. Por la Generalidad han pasado golpistas, como Companys, y golpistas que además fueron terroristas y frustrados magnicidas, como Macià. Aunque a ésos los adoran. Ellos son así.
