13 AÑOS DE CRÓNICAS EN ‘CATALIBANES’ 
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12 de abril de 2016

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Diseño original (septiembre de 2010)
Curiosidades y anécdotas en el sexto aniversario del blog:
Por llamativo que resulte, hay exactamente 659 fotografías hasta el momento (debo aclarar que varios de los recuadros ―gadgets― situados en la parte superior y en la columna lateral, están programados con lenguaje dinámico Javascript para ofrecer contenidos diferentes cada vez que se carga una página). Países Catalanes. Mapa comarcal y municipal es la mayor (1300x1468 píxeles), mientras que la más pequeña mide tan solo 2x8 píxeles.
La crónica más leída de todos los tiempos es, con diferencia, Déjà vu (01-09-2015). Cuando estaba elaborándola imaginé que alcanzaría una gran repercusión porque es muy visual, muy impactante. Pero jamás imaginé que tanta: a las 24 horas de su publicación ya registraba 1.828 visitas; y en tan solo tres días escaló hasta el segundo puesto. Actualmente, ostenta el triple de visualizaciones que la posicionada a continuación: ¡La que faltaba!
De las secciones, 13 en total, la más visitada es Frases históricas. Seguida de Bulos del nacionalismo. Un rincón que me gusta particularmente es Mapa del imperio, donde un poco como ocurre en el Judo, arte marcial que aprovecha el impulso del adversario para volverlo en su contra, un incontestable caudal de citas e imágenes evidencian la naturaleza imperialista y anexionista (pancatalanismo) de quienes hipócritamente se llenan la boca hablando de «la libertad de los pueblos» como falsa coartada para sus propósitos rupturistas.
Algunos no lo creerán, pero la verdad es que deseo por igual recibir comentarios de los lectores en contra y a favor. Porque eso es en definitiva lo que suscita debate y da vida a un foro. La realidad es que muy pocas opiniones depositadas por los nacionalistas pueden ver la luz porque acostumbran a venir acompañadas de palabras malsonantes, e incluso de amenazas.
Aunque soy casi tan poco propenso al llanto como a compartir públicamente mis intimidades, confieso que en una ocasión se me saltaron las lágrimas: sucedió durante el montaje del vídeo que ilustra la crónica Gracias, asesino, un título chocante sacado de la exclamación proferida por un forero de Racó Català. Los rostros, a mi parecer bondadosos, y repletos de juventud (27 y 28 años de edad) de los dos Guardias Civiles asesinados por etarras en Calviá me conmovieron hondamente.
Intensísima fue la indignación que iba asaltándome a medida que traducía la carta abierta a la ETA que Josep Lluís Carod-Rovira publicó en el diario Avui el 31 de mayo de 1991. Acababa de perpetrarse un atentado con coche bomba en la casa-cuartel de la Guardia Civil de Vich cuando la escribió, que había dejado un sangriento saldo de 44 heridos y diez muertos, menores de edad la mitad de ellos. En la indecente misiva del entonces diputado y portavoz de ERC en el Parlamento autonómico, destacaba una frase a modo de reproche por la... “desorientación” de los terroristas que estaban matando en Cataluña: «Ahora, sólo me atrevo a pediros que, cuando queráis atentar contra España, os situéis, previamente, en el mapa». Titulé aquella crónica ¡A ver si apuntáis mejor!
Dos meses y medio después de la publicación de la crónica que lleva su nombre, Paul-Hervé, el señor Paquet se puso en contacto conmigo. Yo no tenía el gusto de conocerle, ni sé tampoco cómo se enteró de que había escrito sobre él. Además de expresarme agradecimiento, en su atento correo electrónico me participó que su multipremiado y celebérrimo investigado «sigue publicando y cobrando sus “copiar-pegar” semanales» en el Magazine de La Vanguardia. Y refirió «unas curiosas semejanzas» entre algunos de sus Ochenta y seis cuentos y los del poco conocido autor uruguayo Julio Vera en la obra Un mudo en la garganta.
A pesar de que costó bastante esfuerzo, disfruté mucho haciendo el vídeo que ilustra ¿Periodismo de pacotilla? y cuyo resultado final todavía me provoca risa. Narra la peripecia de unos supuestos corresponsales de la Agencia Catalana de Noticias (cofundada en 1999 por el actual presidente de la Generalidad, Carles Puigdemont) que simulan retransmitir desde cinco lejanos puntos del extranjero, cuando en realidad ni siquiera se habían movido de un céntrico barrio barcelonés y no distaban más de 150 metros los unos de los otros.
Arte muyahidín es una sección relativamente reciente en esta especie de parque temático de la sinrazón y que me divierte mucho componer. Podría definirse como una grotesca exposición de lo hortera, un inquietante tour a través de las chabacanadas concebidas durante la orgía entre el fanatismo político, la propaganda y la psicodelia. Y a ella ha contribuido valiosamente Luis Rodríguez con varias muestras capitales (1, 2, 3), por las cuales le estoy muy reconocido.
Junto con la bandera separatista impermeable para la bañera ―¡¿pero quién se ducha con una bandera?!―, otro de los objetos reunidos ahí y que nunca dejará de asombrarme es la ya famosa tapa de váter con estelada. Opté por adjuntar a las imágenes las especificaciones del fabricante (marca, precio, número de referencia y material de composición) para desterrar en la audiencia cualquier posible sospecha de fotomontaje fraudulento. De hecho obtuve esas esperpénticas fotografías del sitio web donde comercializan semejante engendro.
2.192 días de andadura intentando contar las cosas con sencillez y sin dar nada por supuesto, para que cualquiera, no únicamente de otras regiones de España sino también del resto del mundo, pudiese informarse de nuestra situación mediante un simple vistazo. Gracias a todos los seguidores del blog, a aquellos que han tenido la gentileza de enriquecerlo con sus comentarios y, por supuesto, a quienes destinaron una porción de su tiempo a escribirme para hacerme llegar impagables muestras de apoyo. Vamos ya camino de los 7.

12 de agosto de 2015

Golpismo del caro

Es el último artículo de Josep-Lluís Carod-Rovira, aparecido el 6 de agosto bajo el título «Contra la legalitat» (‘Contra la legalidad’), de una repugnancia tal que empujaría a cualquiera a agotar la gama completa de antieméticos disponibles en las farmacias catalanas, esas a las que Artur Mas no les paga los medicamentos desde ni se sabe cuándo. Y constituye además un claro llamamiento a la rebelión, que difícilmente quedaría sin respuesta de la fiscalía en otros países de nuestro entorno:
«Buena parte de los argumentos recurrentes contra la independencia de Cataluña, por el lado español, da igual en Madrid que en Barcelona, ​​se basan en la afirmación de que este propósito es incompatible con la legalidad. Y, por tanto, que será el uso de esta legalidad lo que impedirá las aspiraciones nacionales de nuestro pueblo. Lo dicen y se quedan tan anchos pensando, tal vez, que tan solo mencionando la ley ya nos tiemblan las piernas. Curiosa legalidad esta que va contra los intereses de los ciudadanos cuando, de hecho, es la ley la que debe estar al servicio de la gente y no la gente al servicio de la ley. Las leyes deben facilitar la vida a las personas y contribuir a hacer posibles sus objetivos, no complicárselos o bien impedirlos u obstaculizarlos. Se habla de la ley como si fuera del libro en mayúscula en las religiones monoteístas (la Torá, la Biblia, el Corán), con lo que se llega a sacralizar, como es el caso de la constitución [sic] española, cuando resulta, además, que la Alianza Popular de la época no votó a favor...».
Las leyes democráticas se han revelado, con el transcurso del tiempo, como la única fórmula comprobada de convivencia pacífica en sociedad. Salvaguardan nuestras vidas y haciendas, garantizan nuestros derechos y nos protegen frente a arbitrariedades o abusos del poder. Son lo único que consigue alejarnos de la barbarie. Y merecen el máximo respeto de todo demócrata auténtico.

Por otra parte, Carod-Rovira no es el primer separatista en propalar esa falacia sobre AP: precisamente fue Manuel Fraga Iribarne (1912-2012), fundador de Alianza Popular —el 9 de octubre de 1976—, uno de los siete ponentes encargados de la redacción del anteproyecto de Constitución por la Comisión de Asuntos Constitucionales y Libertades Públicas del Congreso de los Diputados. El texto definitivo (Boletín Oficial de las Cortes, número 170) fue aprobado en el Congreso el 31 de octubre de 1978, por 325 votos afirmativos, con 6 votos en contra, 14 abstenciones y 5 ausencias (Diario de Sesiones del Congreso de los Diputados, núm. 130). De los 16 representantes de la formación antecesora del Partido Popular en la Cámara Baja, 8 votaron a favor, 5 en contra y 3 se abstuvieron. Los dos senadores del partido, Abel Matutes y Francisco Cacharro, manifestaron su apoyo en la votación celebrada ese mismo día en la Cámara Alta (Diario de Sesiones del Senado, núm. 68).
«Y se hace pasando por alto, generalmente, el origen de la legalidad, quién la ha hecho, quién la ha aprobado, con qué objetivos, en qué contexto histórico y con qué condicionantes».
El “origen de la legalidad” reside y residía entonces en la nación española, que el 15 de junio de 1977 había elegido libremente a sus representantes políticos en las Cortes Constituyentes y que, posteriormente, el 6 de diciembre de 1978, refrendó con el 87,78% de votos afirmativos (15.706.078) el Proyecto de Constitución aprobado por estas, con una elevada participación del 67,11% (17.873.301); el respaldo obtenido en Cataluña rebasó la media española: 90,46% (2.701.870 sufragios), con una participación que fue también más alta, del 67,91%. Los “objetivos” no eran otros que dejar atrás el franquismo y construir un sistema democrático. Y el “contexto histórico” lo conoce él perfectamente: transitar hacia el régimen actual, donde ha podido defender sus ideas políticas sin cortapisas y con total libertad (y vivir muy bien de ello), a pesar de que su partido, ERC, fue responsable de la tortura y el asesinato de miles de civiles en Cataluña durante la Guerra Civil.

En octubre de 2011, hizo el siguiente
balance de la reunión que en 2004
había mantenido con la cúpula de
ETA en Francia: «Valió la pena»
El que fuera vicepresidente de la Generalidad en el primer tripartito continúa con su manida artimaña de contraponer legalidad a voluntad popular, cuando en las democracias aquella emana siempre de esta:
«Las leyes, en democracia, siempre son el resultado de la correlación de fuerzas establecida por los ciudadanos en las urnas. La democracia es, en buena parte, una cuestión de demografía, demografía de las ideas, si se quiere, pero demografía al fin. En este caso, pues, es obvio que la opinión del pueblo catalán nunca podrá ser tenida en cuenta y respetada, en España, porque siempre seremos minoría demográfica. Y en caso de que consigamos alguna victoria parcial, como el último estatuto, para lo cual tienen su tribunal constitucional pensado para filtrar la voluntad popular, siempre que les plazca».
“La opinión del pueblo catalán”, por lo demás diversa y —afortunadamente— nunca única, recibe la misma consideración que la del resto de españoles cada vez que somos convocados a unas elecciones, sean municipales, autonómicas, generales o europeas; así como también en los referendos. Y resulta lógico que las minorías no puedan imponer su voluntad a la mayoría. En ninguna nación sucede lo contrario, de hecho. Un burdo intento de confundir el suyo, luego del cual Carod-Rovira enarbola otro clásico del separatismo: la invocación de la sentencia del Estatuto como casus belli y eterno motivo para la falsa victimización. Los artículos modificados, y los total o parcialmente derogados por el Tribunal Constitucional, lo fueron porque colisionaban con nuestra Carta Magna. El principio de la jerarquía normativa impide que las normas contravengan a aquellas de mayor rango. Teniendo el Estatuto de Cataluña, de 2006, carácter de Ley Orgánica, no podía vulnerar la Constitución, de donde emanan todas las leyes, las instituciones y los poderes del Estado. Los políticos nacionalistas no cumplieron su deber de elaborar un texto estatutario conforme a esta.

Como al parecer no tenía pendiente reunirse con ningún jerarca etarra, siguió escribiendo:
«No tener en cuenta el origen de la legalidad vigente en un territorio, en cada momento, es hacer trampa. Durante el franquismo, el derecho de asociación era inexistente porque iba contra la legalidad y afiliarse a un partido político o a un sindicato era ilegal, el derecho de reunión también lo era, como la libertad de expresión, de manifestación o el derecho de huelga, justamente porque iban en contra de la legalidad vigente. Era tras el amparo de esta legalidad antidemocrática donde se refugiaban los capitostes de la dictadura. Ahora que hay derechos básicos individuales reconocidos, pero no colectivos, el pueblo catalán se ve impedido para avanzar en su proceso de emancipación nacional porque este es ilegal, según la constitución española. Y quizá sea necesario que recordemos el origen del actual sistema institucional español: una monarquía nombrada a dedo por el dictador y una constitución que fue hecha en inferioridad de condiciones por parte de los partidos de tradición democrática, bajo la mirada atenta de los militares, “padres de la constitución”, también, en algunos artículos fundamentales. Fingir que todo esto no existe es esconder la cabeza bajo el ala».
Por cuarta vez en su pieza periodística escribe el término Constitución con la c en minúscula, lo cual podría ser intencionado: siendo el autor licenciado en Filología Catalana por la Universidad de Barcelona, y habiendo desempeñado el puesto de Técnico superior de planificación lingüística de la Generalidad entre 1981 y 1988, sin duda conocerá los preceptos ortográficos del catalán, lengua original del artículo, que señalan su incorrección. La psicología infantil ha estudiado cómo en sus dibujos los niños tienden a representar mediante figuras más pequeñas (y alejadas del centro del papel) a las personas que detestan. Curiosamente, no resulta infrecuente encontrar en foros de Internet a separatistas que, en su afán despreciativo, incluso llegan a poner, literalmente, «espanya».
«Desde el punto de vista legal, pues, estamos en un callejón sin salida, porque, además, el tribunal constitucional ha frenado, frena y frenará cualquier aspiración colectiva que, a su juicio, no encaje en el marco constitucional. Un tribunal, recordémoslo, profundamente político y con miembros designados por los mismos partidos que usan la constitución como amenaza y como freno. Hay momentos en que la democracia y la legalidad no van por el mismo camino. Hay momentos en que legalidad y justicia tienen muy poco que ver».
¿Y quién decide qué leyes son justas y cuáles, injustas? ¿Cada uno escoge las que más le gusten y las que no, simplemente, se las salta? Las normas pueden cambiarse, pero nunca transgredirse. Independientemente de la palabrería con que adorne sus intenciones, desde el momento en que alguien se cree legitimado para violentar el orden constitucional estamos ante un vulgar golpista.
«Hay que ser conscientes, pues, de que se acerca el momento en que el pueblo catalán tendrá que actuar de acuerdo con sus intereses y aspiraciones, diga lo que diga la legalidad española. Y que el camino que decidimos recorrer sólo podrá ser hecho contra la legalidad actual, una legalidad que sustituiremos por una propia, catalana y democrática. La legitimidad de esta nueva legalidad catalana se levantará frente a la legalidad española hija de la transición. Cuando es todo un pueblo el que va contra la legalidad es que ya ha llegado el momento en que, precisamente, se puede decir en voz alta que es la legalidad la que va contra todo un pueblo».
Recurre impúdicamente Carod-Rovira a suplantar la voz de Cataluña, ocultando a los lectores la polarización, la profunda división de opiniones existente en la sociedad sobre este asunto de la secesión.

La bajísima factura intelectual de sus razonamientos esgrimidos de ningún modo justificaría que se le tildase de golpista barato, por cuanto la maquinaria propagandística y de agitación de la que forma parte el medio que publica su torticero artículo nos cuesta a todos los contribuyentes un dineral: Nació Digital, un Egin en versión catalanista que incluso aventaja en la cantidad y en el tono de las aberraciones al extinto periódico batasuno, recibió durante el segundo semestre de 2014 del departamento de la Presidencia de la Generalidad 132.325,71 euros (22.017.146 pesetas) en subvenciones (Resolución PRE/725/2015, de 13 d'abril; DOGC núm. 6858, 24/04/2015).

Una cifra en la que, obviamente, no están incluidas las cantidades cobradas además por la inserción de publicidad institucional del Gobierno autonómico.

29 de mayo de 2011

¡A ver si apuntáis mejor!

En la tarde del 29 de mayo de 1991 ―se cumplen hoy veinte años―, tres etarras deslizaron un coche cargado de explosivos en el interior del patio de la casa-cuartel de la Guardia Civil de Vich (Barcelona). El edificio, prácticamente, desapareció por la deflagración. 44 personas resultaron con heridas y mutilaciones diversas. Y de entre los escombros se recuperó una decena de cadáveres, incluidos los de cinco menores de edad. Apenas dos días después del atentado, el 31 de mayo, Josep-Lluís Carod-Rovira, diputado y portavoz de Esquerra Republicana de Catalunya en el Parlamento autonómico, y ya por aquel entonces hombre fuerte del partido, publicaba en el subvencionado diario Avui una carta abierta a la organización terrorista. Carta que, pese al tiempo transcurrido, sigue estremeciendo leer por los términos en que fue escrita. Tituló aquella monstruosidad como «ETA, Kataluñatik kampora!» (‘¡ETA, fuera de Cataluña!’, en vascuence), y esta es su traducción íntegra:
«Hacía meses que tenía miedo de tener que escribir este artículo. Miedo de volver a defender las razones de los catalanes con nuestra arma más potente: la palabra. Miedo de contraponer los argumentos a las armas. Pero he visto lo de Vich. He oído lo de Vich. He sufrido lo de Vich. Y no puedo callar. He de alzar mi voz de independentista contra la de otros supuestos independentistas. Debo hacerme oír, con los que defienden el derecho de todos los pueblos del mundo a decidir su presente y su futuro sin injerencias, frente a unos extranjeros que pretenden hacer creer que ondean el mismo estandarte, pero que lo hacen con violencia y en mi país. ¿En nombre de qué? ¿En nombre de quién? ¿Con qué derecho? ¿Quién os autoriza?
»Cada tierra hace su guerra, y esta tierra no es la vuestra, ni esta forma de luchar es la nuestra. Habéis vuelto a salpicar de sangre inocente este país. Habéis vuelto a interferir en nuestro lentísimo proceso hacia la liberación nacional, sin importaros lo más mínimo nuestra situación como pueblo, el estado de nuestra conciencia colectiva, la complejidad enorme de nuestro contexto, las dificultades constantes con las que hemos de potenciar nuestro mensaje todos aquellos que, desde siempre, contra toda adversidad, trabajamos para que un día la nación catalana figure con un color propio en el mapa de Europa. Habéis demostrado que os choteáis del concepto de internacionalismo y que la solidaridad entre los pueblos, incluso entre los pueblos oprimidos, ocupados, expoliados, descuartizados, por los mismos Estados, como es el caso vasco y catalán, os trae sin cuidado.
»No obedecéis otra lógica que la vuestra, ni otros intereses que los vuestros. ¿Pero sobre qué podéis basar una lógica que desprecia, con toda impunidad, con una presuntuosidad típicamente española, la lógica de los demás, en su propia casa? ¿Cuáles pueden ser esos intereses que van, objetivamente, contra los intereses de otro pueblo, tan oprimido como pueda serlo el vuestro, en su propio territorio? A ver si, de una puñetera vez, al margen de la dialéctica, tan española por cierto, de los puños y las pistolas, sois capaces de entenderlo: los vascos no sois españoles. De acuerdo. Pero los catalanes, tampoco. Y con acciones como ésta no hacéis otra cosa que españolizar Cataluña. Convertís los Países Catalanes en tierra enemiga y a sus habitantes en gente hostil. Y no lo somos. Deberíais saberlo.
»Cada bomba vuestra en nuestro país es una bomba contra el pueblo catalán, un torpedo contra la línea de flotación del independentismo catalán. Los avances políticos que vamos haciendo, la victoria progresiva en las conciencias de los ciudadanos que vamos consiguiendo, día tras día, se desmoronan gracias a vosotros. Somos nosotros quienes salimos perdiendo. Es la Cataluña nacional, y las personas concretas, quienes padecen sus estragos, y no España y todo su aparato. Pero eso no parece importaros. Tanto da, por lo que se ve, que con la estulticia de vuestras acciones nos perjudiquéis a nosotros y destruyáis nuestro tradicional sentimiento de simpatía hacia el pueblo vasco. Con vuestra torpeza nos lo ponéis imposible. Si os pagasen para hacerlo peor, seguro que no conseguirían que superaseis vuestra impericia. Y habéis ido, precisamente, a Osona, allí donde el nivel de conciencia nacional es más elevado, allí donde el independentismo político obtiene unos mejores resultados electorales y donde las fuerzas de disciplina española están más debilitadas.
»Sabemos en qué situación se encuentra Euskadi. Sufrimos con el pueblo vasco el drama de un pueblo condenado a la aniquilación de su condición nacional. Sufrimos a su lado el negro horizonte de una lengua mermada, de una cultura ahogada, de una nación despedazada. Conocemos ese dolor, porque también es el nuestro. Pero no vamos a Euskadi a interferir en su proceso. Es su país, no el nuestro. Luchando por nosotros, en nuestra casa, a nuestra manera, somos solidarios con su causa y con la de todos los pueblos del mundo que quieren ser libres. Y, del mismo modo que no pretendemos imponer nuestra lógica en casa de otros, no podemos consentir que otros lo hagan en la nuestra».
Nótese que en sus palabras no se trasluce humanidad, preocupación o indignación alguna por los muertos y sus familiares, por esas vidas y cuerpos rotos; por la tragedia de los heridos, como la niña con el pie amputado que aparece en la imagen —fotografía ésta que, en su día, dio la vuelta al mundo—, mientras un ensangrentado agente de la Benemérita la evacua del lugar del horror. Carod-Rovira habla únicamente en términos estratégicos. Les reprocha a los asesinos el contratiempo político que esto supone para el secesionismo catalán, lo mucho que este tipo de acciones obstaculiza su avance. Y, cuando les quiere ofender, recurre a llamarles “españoles” (achacándoles una presuntuosidad «típicamente española», o el uso de una dialéctica —«tan española», según él— como la «de los puños y las pistolas»). Absolutamente obscena, dentro de este contexto de mutilación y muerte provocados por la detonación de los más de doscientos kilos de amonal con que iba cargado el coche-bomba, resulta la utilización que Carod hace de los verbos descuartizar (segundo párrafo), aniquilar y despedazar (ambos en el quinto) para describir la presunta actuación histórica de los Estados español y francés sobre Vascongadas. Igual que su empleo de palabras como sufrir, drama y dolor para referirse a la situación política de dicha región. Y prosigue con el mismo impudismo semántico en los dos últimos párrafos, que vienen a continuación, donde reconoce además haber mantenido encuentros con la banda armada:
«Entendemos que es necesario forzar una negociación política. Que es insostenible la angustia del medio millar de encarcelados y la aflicción de más de dos mil exiliados. ¿Pero, es que creéis, de verdad, que facilitaréis el acceso a una salida pactada poniéndoos en contra, incluso, de quienes, compartiendo los objetivos, se oponen a los procedimientos? Por temperamento personal, por convencimiento ideológico y por eficacia política, soy contrario a la violencia. A toda violencia. Principalmente a la violencia institucionalizada, barnizada, de los Estados. Pero también a la de los oprimidos. Sobre todo cuando, como en vuestro caso, los oprimidos han perdido el sentido de la orientación y matan indiscriminadamente, niños incluidos.
»Nada de lo que ahora os comento resulta nuevo para vosotros. Os dije, hace año y medio, en algún lugar de Euskadi, cuando, en nombre de mi partido, os pedí, formalmente, que no actuaseis más en mi país. Habéis respetado la petición, durante seis meses. Ahora, sólo me atrevo a pediros que, cuando queráis atentar contra España, os situéis, previamente, en el mapa. Los catalanes estamos más que hartos de constatar, a lo largo de la historia, cómo hay quien se siente legitimado para decidir en nuestro nombre. Y nuestro futuro, y nuestro presente, en paz y en libertad, únicamente nos corresponden a nosotros. No cedemos la decisión a los españoles. Pero tampoco os la cedemos a vosotros. Sólo los catalanes podemos hablar, y decidir, en nombre de nosotros mismos. Eso, y no otra cosa, es el derecho a la autodeterminación nacional. Un derecho por el cual, en Euskadi, mucha gente ha dado la vida y ha luchado y lucha con todas sus fuerzas. En los Países Catalanes, también. Porque nadie tiene derecho a suplantar nuestra propia voz. Vosotros, tampoco».
«Ahora, sólo me atrevo a pediros que, cuando queráis atentar contra España, os situéis, previamente, en el mapa», dice en su misiva. O sea, que cuando les entren ganas de matar, que lo hagan de los limites provinciales hacia allá. Pero en Cataluña, no, que es su casa. Y, encima, le estorba a él para sus reivindicaciones separatistas.

Despues de todo esto, nada, absolutamente nada de cuanto me viene a la mente es publicable. Prefiero dejarlo aquí.

16 de abril de 2011

En el dolor y en la enfermedad

Anteayer, 14 de abril, Artur Mas padeció su primera gran manifestación como presidente de la taifa. Lo de padecer es un decir, porque quienes padecemos somos los demás desde que ha recortado los gastos en sanidad. Y por ello el jueves protestaron esas diez mil personas ante el Palacio de la Generalidad.

Vivimos una crisis, hay que reducir el bestial déficit heredado del tripartito y las emisiones de bonos para bobos ya no dan más de sí, estamos de acuerdo. Pero don Artur podría haber eliminado dispendios inútiles. Haber cerrado, por ejemplo, cuatro de las cuatro televisiones autonómicas que tiene. Clausurado sus emisoras públicas de radio. Desmantelado sus ridículas pseudoembajadas por el mundo. Cortado el grifo a la miríada de mamandurrieros, voceros, asociaciones nada culturales y alcahuetes varios del Régimen, que vienen abrevando vitaliciamente en el generoso subvencioneo. Podría haber puesto a Joel Joan a trabajar, suspendido las transferencias millonarias a la Comunidad Valenciana para el pancatalanista Eliseu Climent. Artur Mas podría incluso —si nos atrevemos a soñar— haberse bajado el sueldo. Pero, no, él tiene que seguir cobrando el doble que el Presidente del Gobierno de España, que es que eso de Cataluña es mucha nació. Y preferible resulta cerrar quirófanos y plantas enteras en los hospitales.

«Construcción nacional» antes que cirugía de cadera. Embajadores de pacotilla antes que enfermeras. Catalunya Ràdio antes que camas hospitalarias. TV3 antes que vendas, aunque necesitemos las vendas urgentemente para no ver TV3. La “nación” por encima del bienestar y la salud de los ciudadanos. Totalitarismo en vena.

Y mientras, los enfermos en casa, apuntados en kilométricas listas de espera, aguantando como pueden. Y pendientes de no descuidarse cuando por fin les toque operarse, no sea que vayan a dormirles con canciones de Lluís Llach para ahorrar en anestesia.

Y los políticos... los políticos, ahí, debatiendo sobre la secesión en el Parlamento autonómico. Los altavoces del sultán, celebrando como un éxito el mamarrachento referéndum del 10 de abril. Y los niños, sin poder escolarizarse en español todavía, a pesar de las sentencias del Tribunal Constitucional, del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña y del Tribunal Supremo. Y Rodríguez Zapatero aplaudiendo el espectáculo. Y Rajoy Brey aplaudiendo también porque sabe que necesitará a CiU para gobernar lo que queda de España.

Después de todo esto, aún hay incautos que creen que con la independencia viviríamos mejor en Cataluña. Son los que están casados con el fanatismo etnicista y le han prometido fidelidad en el dolor y en la enfermedad. Pues bien, la enfermedad y el dolor ya han llegado de la mano de Artur Mas. A esos engañados es fácil reconocerles: acuden a manifestaciones separatistas con una estrella en una bandera, cuando sus caciques prefieren llevarla en el morro de un Mercedes y alojarse en hoteles de cinco estrellas.

Con la independencia quienes vivirían mejor serían los de siempre. Laporta se ducharía con champán francés en las discotecas más a menudo, en los bancos de Liechtenstein habría más dinero y el ático que se ha comprado Carod-Rovira sería todavía mejor. En el mismo sitio, sí, porque ya un barrio más caro no lo hay en Tarragona. Pero hablamos de un piso con más metros cuadrados, con más habitaciones, con más terrazas, con más soláriums. Uno tan amplio que casi llegara hasta Perpiñán y donde, para pactar con Josu Ternera, sólo hubiera que abrir la ventana de la salita de estar.

Es el gran timo del nacionalismo catalán. Un colosal fraude. Más grande que el más grande hospital.