13 AÑOS DE CRÓNICAS EN ‘CATALIBANES’ 

29 de mayo de 2011

¡A ver si apuntáis mejor!

En la tarde del 29 de mayo de 1991 ―se cumplen hoy veinte años―, tres etarras deslizaron un coche cargado de explosivos en el interior del patio de la casa-cuartel de la Guardia Civil de Vich (Barcelona). El edificio, prácticamente, desapareció por la deflagración. 44 personas resultaron con heridas y mutilaciones diversas. Y de entre los escombros se recuperó una decena de cadáveres, incluidos los de cinco menores de edad. Apenas dos días después del atentado, el 31 de mayo, Josep-Lluís Carod-Rovira, diputado y portavoz de Esquerra Republicana de Catalunya en el Parlamento autonómico, y ya por aquel entonces hombre fuerte del partido, publicaba en el subvencionado diario Avui una carta abierta a la organización terrorista. Carta que, pese al tiempo transcurrido, sigue estremeciendo leer por los términos en que fue escrita. Tituló aquella monstruosidad como «ETA, Kataluñatik kampora!» (‘¡ETA, fuera de Cataluña!’, en vascuence), y esta es su traducción íntegra:
«Hacía meses que tenía miedo de tener que escribir este artículo. Miedo de volver a defender las razones de los catalanes con nuestra arma más potente: la palabra. Miedo de contraponer los argumentos a las armas. Pero he visto lo de Vich. He oído lo de Vich. He sufrido lo de Vich. Y no puedo callar. He de alzar mi voz de independentista contra la de otros supuestos independentistas. Debo hacerme oír, con los que defienden el derecho de todos los pueblos del mundo a decidir su presente y su futuro sin injerencias, frente a unos extranjeros que pretenden hacer creer que ondean el mismo estandarte, pero que lo hacen con violencia y en mi país. ¿En nombre de qué? ¿En nombre de quién? ¿Con qué derecho? ¿Quién os autoriza?
»Cada tierra hace su guerra, y esta tierra no es la vuestra, ni esta forma de luchar es la nuestra. Habéis vuelto a salpicar de sangre inocente este país. Habéis vuelto a interferir en nuestro lentísimo proceso hacia la liberación nacional, sin importaros lo más mínimo nuestra situación como pueblo, el estado de nuestra conciencia colectiva, la complejidad enorme de nuestro contexto, las dificultades constantes con las que hemos de potenciar nuestro mensaje todos aquellos que, desde siempre, contra toda adversidad, trabajamos para que un día la nación catalana figure con un color propio en el mapa de Europa. Habéis demostrado que os choteáis del concepto de internacionalismo y que la solidaridad entre los pueblos, incluso entre los pueblos oprimidos, ocupados, expoliados, descuartizados, por los mismos Estados, como es el caso vasco y catalán, os trae sin cuidado.
»No obedecéis otra lógica que la vuestra, ni otros intereses que los vuestros. ¿Pero sobre qué podéis basar una lógica que desprecia, con toda impunidad, con una presuntuosidad típicamente española, la lógica de los demás, en su propia casa? ¿Cuáles pueden ser esos intereses que van, objetivamente, contra los intereses de otro pueblo, tan oprimido como pueda serlo el vuestro, en su propio territorio? A ver si, de una puñetera vez, al margen de la dialéctica, tan española por cierto, de los puños y las pistolas, sois capaces de entenderlo: los vascos no sois españoles. De acuerdo. Pero los catalanes, tampoco. Y con acciones como ésta no hacéis otra cosa que españolizar Cataluña. Convertís los Países Catalanes en tierra enemiga y a sus habitantes en gente hostil. Y no lo somos. Deberíais saberlo.
»Cada bomba vuestra en nuestro país es una bomba contra el pueblo catalán, un torpedo contra la línea de flotación del independentismo catalán. Los avances políticos que vamos haciendo, la victoria progresiva en las conciencias de los ciudadanos que vamos consiguiendo, día tras día, se desmoronan gracias a vosotros. Somos nosotros quienes salimos perdiendo. Es la Cataluña nacional, y las personas concretas, quienes padecen sus estragos, y no España y todo su aparato. Pero eso no parece importaros. Tanto da, por lo que se ve, que con la estulticia de vuestras acciones nos perjudiquéis a nosotros y destruyáis nuestro tradicional sentimiento de simpatía hacia el pueblo vasco. Con vuestra torpeza nos lo ponéis imposible. Si os pagasen para hacerlo peor, seguro que no conseguirían que superaseis vuestra impericia. Y habéis ido, precisamente, a Osona, allí donde el nivel de conciencia nacional es más elevado, allí donde el independentismo político obtiene unos mejores resultados electorales y donde las fuerzas de disciplina española están más debilitadas.
»Sabemos en qué situación se encuentra Euskadi. Sufrimos con el pueblo vasco el drama de un pueblo condenado a la aniquilación de su condición nacional. Sufrimos a su lado el negro horizonte de una lengua mermada, de una cultura ahogada, de una nación despedazada. Conocemos ese dolor, porque también es el nuestro. Pero no vamos a Euskadi a interferir en su proceso. Es su país, no el nuestro. Luchando por nosotros, en nuestra casa, a nuestra manera, somos solidarios con su causa y con la de todos los pueblos del mundo que quieren ser libres. Y, del mismo modo que no pretendemos imponer nuestra lógica en casa de otros, no podemos consentir que otros lo hagan en la nuestra».
Nótese que en sus palabras no se trasluce humanidad, preocupación o indignación alguna por los muertos y sus familiares, por esas vidas y cuerpos rotos; por la tragedia de los heridos, como la niña con el pie amputado que aparece en la imagen —fotografía ésta que, en su día, dio la vuelta al mundo—, mientras un ensangrentado agente de la Benemérita la evacua del lugar del horror. Carod-Rovira habla únicamente en términos estratégicos. Les reprocha a los asesinos el contratiempo político que esto supone para el secesionismo catalán, lo mucho que este tipo de acciones obstaculiza su avance. Y, cuando les quiere ofender, recurre a llamarles “españoles” (achacándoles una presuntuosidad «típicamente española», o el uso de una dialéctica —«tan española», según él— como la «de los puños y las pistolas»). Absolutamente obscena, dentro de este contexto de mutilación y muerte provocados por la detonación de los más de doscientos kilos de amonal con que iba cargado el coche-bomba, resulta la utilización que Carod hace de los verbos descuartizar (segundo párrafo), aniquilar y despedazar (ambos en el quinto) para describir la presunta actuación histórica de los Estados español y francés sobre Vascongadas. Igual que su empleo de palabras como sufrir, drama y dolor para referirse a la situación política de dicha región. Y prosigue con el mismo impudismo semántico en los dos últimos párrafos, que vienen a continuación, donde reconoce además haber mantenido encuentros con la banda armada:
«Entendemos que es necesario forzar una negociación política. Que es insostenible la angustia del medio millar de encarcelados y la aflicción de más de dos mil exiliados. ¿Pero, es que creéis, de verdad, que facilitaréis el acceso a una salida pactada poniéndoos en contra, incluso, de quienes, compartiendo los objetivos, se oponen a los procedimientos? Por temperamento personal, por convencimiento ideológico y por eficacia política, soy contrario a la violencia. A toda violencia. Principalmente a la violencia institucionalizada, barnizada, de los Estados. Pero también a la de los oprimidos. Sobre todo cuando, como en vuestro caso, los oprimidos han perdido el sentido de la orientación y matan indiscriminadamente, niños incluidos.
»Nada de lo que ahora os comento resulta nuevo para vosotros. Os dije, hace año y medio, en algún lugar de Euskadi, cuando, en nombre de mi partido, os pedí, formalmente, que no actuaseis más en mi país. Habéis respetado la petición, durante seis meses. Ahora, sólo me atrevo a pediros que, cuando queráis atentar contra España, os situéis, previamente, en el mapa. Los catalanes estamos más que hartos de constatar, a lo largo de la historia, cómo hay quien se siente legitimado para decidir en nuestro nombre. Y nuestro futuro, y nuestro presente, en paz y en libertad, únicamente nos corresponden a nosotros. No cedemos la decisión a los españoles. Pero tampoco os la cedemos a vosotros. Sólo los catalanes podemos hablar, y decidir, en nombre de nosotros mismos. Eso, y no otra cosa, es el derecho a la autodeterminación nacional. Un derecho por el cual, en Euskadi, mucha gente ha dado la vida y ha luchado y lucha con todas sus fuerzas. En los Países Catalanes, también. Porque nadie tiene derecho a suplantar nuestra propia voz. Vosotros, tampoco».
«Ahora, sólo me atrevo a pediros que, cuando queráis atentar contra España, os situéis, previamente, en el mapa», dice en su misiva. O sea, que cuando les entren ganas de matar, que lo hagan de los limites provinciales hacia allá. Pero en Cataluña, no, que es su casa. Y, encima, le estorba a él para sus reivindicaciones separatistas.

Despues de todo esto, nada, absolutamente nada de cuanto me viene a la mente es publicable. Prefiero dejarlo aquí.

16 de abril de 2011

En el dolor y en la enfermedad

Anteayer, 14 de abril, Artur Mas padeció su primera gran manifestación como presidente de la taifa. Lo de padecer es un decir, porque quienes padecemos somos los demás desde que ha recortado los gastos en sanidad. Y por ello el jueves protestaron esas diez mil personas ante el Palacio de la Generalidad.

Vivimos una crisis, hay que reducir el bestial déficit heredado del tripartito y las emisiones de bonos para bobos ya no dan más de sí, estamos de acuerdo. Pero don Artur podría haber eliminado dispendios inútiles. Haber cerrado, por ejemplo, cuatro de las cuatro televisiones autonómicas que tiene. Clausurado sus emisoras públicas de radio. Desmantelado sus ridículas pseudoembajadas por el mundo. Cortado el grifo a la miríada de mamandurrieros, voceros, asociaciones nada culturales y alcahuetes varios del Régimen, que vienen abrevando vitaliciamente en el generoso subvencioneo. Podría haber puesto a Joel Joan a trabajar, suspendido las transferencias millonarias a la Comunidad Valenciana para el pancatalanista Eliseu Climent. Artur Mas podría incluso —si nos atrevemos a soñar— haberse bajado el sueldo. Pero, no, él tiene que seguir cobrando el doble que el Presidente del Gobierno de España, que es que eso de Cataluña es mucha nació. Y preferible resulta cerrar quirófanos y plantas enteras en los hospitales.

«Construcción nacional» antes que cirugía de cadera. Embajadores de pacotilla antes que enfermeras. Catalunya Ràdio antes que camas hospitalarias. TV3 antes que vendas, aunque necesitemos las vendas urgentemente para no ver TV3. La “nación” por encima del bienestar y la salud de los ciudadanos. Totalitarismo en vena.

Y mientras, los enfermos en casa, apuntados en kilométricas listas de espera, aguantando como pueden. Y pendientes de no descuidarse cuando por fin les toque operarse, no sea que vayan a dormirles con canciones de Lluís Llach para ahorrar en anestesia.

Y los políticos... los políticos, ahí, debatiendo sobre la secesión en el Parlamento autonómico. Los altavoces del sultán, celebrando como un éxito el mamarrachento referéndum del 10 de abril. Y los niños, sin poder escolarizarse en español todavía, a pesar de las sentencias del Tribunal Constitucional, del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña y del Tribunal Supremo. Y Rodríguez Zapatero aplaudiendo el espectáculo. Y Rajoy Brey aplaudiendo también porque sabe que necesitará a CiU para gobernar lo que queda de España.

Después de todo esto, aún hay incautos que creen que con la independencia viviríamos mejor en Cataluña. Son los que están casados con el fanatismo etnicista y le han prometido fidelidad en el dolor y en la enfermedad. Pues bien, la enfermedad y el dolor ya han llegado de la mano de Artur Mas. A esos engañados es fácil reconocerles: acuden a manifestaciones separatistas con una estrella en una bandera, cuando sus caciques prefieren llevarla en el morro de un Mercedes y alojarse en hoteles de cinco estrellas.

Con la independencia quienes vivirían mejor serían los de siempre. Laporta se ducharía con champán francés en las discotecas más a menudo, en los bancos de Liechtenstein habría más dinero y el ático que se ha comprado Carod-Rovira sería todavía mejor. En el mismo sitio, sí, porque ya un barrio más caro no lo hay en Tarragona. Pero hablamos de un piso con más metros cuadrados, con más habitaciones, con más terrazas, con más soláriums. Uno tan amplio que casi llegara hasta Perpiñán y donde, para pactar con Josu Ternera, sólo hubiera que abrir la ventana de la salita de estar.

Es el gran timo del nacionalismo catalán. Un colosal fraude. Más grande que el más grande hospital.

4 de abril de 2011

This is not America

La secta acaba de llevarse un susto de muerte. Resulta que en un capítulo de CSI: Nueva York aún no estrenado en España, aparece un mozo de Escuadra... ¡con rasgos y acento mejicanos! Menudo chasco: venga la Generalidad a difundir las “milenarias” esencias de Cataluña por el mundo abriendo embajadas con nuestro dinero ―incluida una en la Gran Manzana, donde está ambientada la serie― como parte de ese plan que los separatistas llaman construcció nacional, para que luego vengan los americanos y pongan a representar a un catalán al nieto de Jorge Negrete. Hay que montar todavía más embajadas, deduciría inmediatamente Artur Mas.

La secuencia se desarrolla cuando una de las protagonistas de la ficción pregunta por la identidad del desconocido que, inclinado sobre un cadáver, está analizando la escena de un sangriento crimen, y obtiene de su compañero una respuesta fonéticamente parecida a ésta:

―Héctor Vargasss, froimlainsupervaiser from mosus descuadrua.

El de Vargas debe de ser un apellido muy socorrido para los guionistas de Hollywood, pues también se apellidaba así el policía mejicano que encarnó Charlton Heston en la magistral película de Orson Welles, Sed de mal (Touch of Evil).

―La policía de Barcelona ―exclama ella con sorpresa para continuar con el despropósito. Porque ni idea de eso llamado Cataluña, no. Por aquellos andurriales, lo que les suena es Barcelona. Y gracias tal vez a los Juegos Olímpicos de 1992, los que pagamos entre todos los españoles y que Jordi Pujol nos agradeció en la ceremonia inaugural con aquella gigantesca pancarta del Catalonia is not Spain (‘Cataluña no es España’) justo delante de donde se emplazaban las cámaras. Que si no, quizás tampoco. Después, la sagaz detective termina de embarullarlo todo mezclando a la policía autonómica catalana con la investigación de los atentados de los trenes del 11 de marzo de 2004, en Madrid, y se queda tan pancha.

Hay muchos más casos similares en el cine y la televisión del otro lado del Atlántico. Otra serie de éxito, Miénteme (Lie to Me), nos presentó al personaje de reputado doctor Lightman enseñando a sus alumnos a identificar expresiones faciales de odio previas a la comisión de asesinatos. Para lo cual, ilustró una última diapositiva con esta peregrina explicación:

―Y de nuevo, en el rostro de un independentista vasco subiéndose a un autobús con nueve kilos de explosivos atados a su pecho.

Atados a su pecho, dice. La sola idea de etarras, asiduos del tiro en la nuca y asesinos desde la lejanía mediante mando a distancia o temporizador, inmolándose con explosivos en atentado es algo que nos choca a todos quienes conocemos la muy diferente realidad de estos cobardes.

Aunque mucho más allá habían ido años antes los creadores de la serie MacGyver. Uno de los episodios arrancaba con el mañoso rubiales infiltrándose en una base de terroristas independentistas vascos escondida en las montañas, que más parecía un estrafalario camping de tegucigalpenses con chapela.

Izquierda: CSI: NY (CSI: Nueva York, en España), episodio 12, temporada 7: «Holding Cell» (2010);
centro: Lie to Me (Miénteme, en España), episodio 4, temporada 1: «Love Always» (2009);
derecha: MacGyver, episodio 6, temporada 1: «Trumbo's World» (1985)

Razonaba el antes mencionado Orson Welles que los actores estadounidenses jamás podrían interpretar bien a Shakespeare porque no comprenden qué es un rey. Probablemente, los guionistas y realizadores de allí muestran tal desconocimiento sobre los separatismos por lo mismo, porque tienen la inmensa suerte de no padecerlos.

15 de marzo de 2011

Retrato de familia

Con el paso del tiempo va uno perdiendo la capacidad de sorprenderse y todo le suena a ya visto. De ahí a acertar en muchas predicciones va sólo un paso. Es lo que me sucedió con Solidaritat Catalana per la Independència, la formación de Joan Laporta. Hace poco más de medio año, escenificó su presentación oficial entre grandes alharacas. Junto al ex presidente del FC Barcelona, quien hacía de macho alfa y locomotora electoral gracias al enorme tirón de su figura pública, integraban el mesiánico triunvirato dos políticos de muy distinta procedencia: Alfons López Tena y Uriel Bertran.

Bastantes sabíamos que semejante engendro no duraría. «Demasiada diva para tan poco escenario», comenté a varios allegados. Pues bien, no han pasado ni trece semanas desde que obtuvieran cuatro asientos en la Cámara autonómica y ya se les ha resquebrajado el invento. Mamporros, lanzamiento de cuchillos, cruce de acusaciones en los medios. Y Laporta, que ha abandonado la formación para deambular en busca de un destino más ajustado a lo que él considera sus inmensos merecimientos.

La verdad es que fue fácil de prever porque no pegaban ni con engrudo: un arribista sibarita y derrochador, cargado de líos judiciales y poca vergüenza; un niñato desertado de la extrema izquierda, de ERC, a quien nunca he visto trabajar; y un controvertido jurista y ex militante de Convergència, que cuanto más lo miro menos sé si es él o el moreno del dúo Martes y 13 metido a salvapatrias. Eran como los tres mosqueteros, pero con oportunismo y sin su mismo sentido del honor; como los tres hermanos Marx, pero sin gracia ninguna; como los tres tenores, pero dando el cante en lugar de cantando; como los tres cerditos del cuento, pero engordados a costa del contribuyente o del socio de un importante club deportivo.

Mas, a todo esto, ¿Solidaritat qué es —o era—, de izquierdas o de derechas?

—Independentista.

Sí, ya; pero, ¿cuál su ideología, su programa? Pues la independencia de Cataluña, para qué más. O sea, la venta de que el adiós a España, su principal mercado, resolvería milagrosamente hasta los más terribles problemas de los catalanes y convertiría a la región en la cuarta potencia europea. Además de que, para colmo de ventajas y a modo de maná bíblico debido al cese del supuesto expolio fiscal, atraería una lluvia anual de 22.000 millones de euros en los que chapotear felices. Espeluzna recordar cómo un montón de votantes se lo tragaron: 102.197, para ser exactos. Unos tres mil más que localidades tiene el Estadio Camp Nou. Lo cual dice muy poco sobre la madurez democrática de nuestro pueblo.

Ahora, quienes habían venido a redimirnos, andan navajeándose vilmente por las esquinas mediáticas: que si Laporta se aburre en el Parlamento, que si Solidaritat habría obtenido más votos sin él, que si es un tránsfuga, que si es populista e incoherente, que si los incoherentes sois vosotros dos, que si a ver dónde íbais a estar de no ser por mí, que si yo con éstos no me junto más... Vaya un espectáculo bochornoso el de estos padres de la “Nación Catalana”. Y, mientras, el escindido latin lover vagando con el escaño a cuestas, tanteando a su tan criticada Esquerra Republicana para intentar allí un amerizaje de emergencia antes de las Elecciones Municipales.

Resulta paradójico que eligieran para su aventura política el nombre de ‘Solidaridad’ quienes pronto han terminado siendo así de insolidarios entre ellos mismos.

22 de febrero de 2011

Cantinflas en Madrid

Si en una película de Mario Moreno “Cantinflas” apareciera algún ficticio país dirigido por políticos que, pese a conocer todos el mismo idioma, se obstinaran en emplear entre ellos lenguas locales y recurrieran a intérpretes para entenderse, sin duda pensaríamos que el guionista había tenido un mal día. Que algo así resulta demasiado disparatado incluso para un largometraje de corte tan cómico como los protagonizados por el recordado actor de caídos pantalones. Bien, pues exactamente eso es lo que está ocurriendo aquí.

Se materializó hace cinco semanas, ha tenido lugar ya en varias sesiones y, tras ser aprobada el 21 de julio último en la reforma del Reglamento de la Cámara Alta, viene a satisfacer una antigua reivindicación nacionalista: la utilización de catalán, vascuence y gallego en el Senado mediante auriculares con traducción simultánea.

No han faltado deficitarios neuronales que, sin entender todavía de qué va la historia, se han apresurado a elogiar la medida como si supusiese un importantísimo progreso democrático. No, esto, lo que es, es una monumental imbecilidad, la entronización del catetismo. Y otra cesión más a los separatistas. Países con un nivel democrático muy superior al nuestro, y que cuentan también con varias lenguas regionales y dialectos en su territorio, no escenifican esta clase de mamarrachadas.

Con el cumplimiento de esta exigencia avanza el nacionalismo en el objetivo que desde siempre ha tenido: laminar la convivencia y atacar cuanto nos une como nación, con especial ensañamiento en nuestro idioma común. La lengua no es para ellos herramienta de comunicación, sino signo racial diferenciador. Es el principal ariete que blanden para derribar al Estado porque, en su delirante mentalidad, identifican lengua con nación. Y encima nuestros representantes vuelven a doblegarse concediéndoles ahora esto. Nadie —y da igual el tiempo que se tomase para responder— podría citar una sola concesión que los nacionalistas hayan hecho desde la transición hasta hoy. Sencillamente, porque no ha habido ninguna. Muy al contrario, han ido inexorablemente avanzando posiciones, ganando terreno. Y los políticos nacionales que tienen enfrente, cediéndoselo. Unos, por interés, como pago por la compra de apoyos parlamentarios ocasionales; y los demás porque ingenuamente siguen creyendo que, a base de darle y darle, el monstruo separatista terminará aplacándose y encontrando definitivo acomodo en este país que tan antipático se le antoja todavía.

A cambio, los enemigos declarados de España nos lo pagan renegando diariamente de ésta y persiguiendo a quienes no somos de su cuerda. El tripartito antes y el gobierno de CiU ahora se están saltando impunemente la legalidad, desacatando las sentencias del Tribunal Supremo y del Tribunal Constitucional. Atropellan y pisotean nuestros derechos civiles en materia lingüística. El español, por ellos considerado como una anomalía a extirpar, ha sido erradicado completamente de la educación. Y de los canales de radio y televisión de la Generalidad también. De la vida pública en general. Todo lo emanado en Cataluña de las administraciones locales está únicamente en catalán: las placas con los nombres de las calles, los letreros de autopistas y autovías (en la imagen), los indicadores de las carreteras, las señales de tráfico, los letreros exteriores e interiores de ambulatorios y hospitales, los avisos en los transportes públicos, las instrucciones de los parquímetros… Todo, absolutamente todo es ya monolingüe en esta taifa. Pero nosotros nos gastamos un dineral en ponerles traductores a los senadores secesionistas porque sí, para que les dé placer. Y porque somos así de memos.

30 de enero de 2011

Rumbo a Kosovo

Artur Mas está henchido de satisfacción con su flamante cargo de presidente de la Generalidad. Si hasta diríase que flota. Por lo pronto, y para que le traiga suerte, en su recién estrenado camarote-despacho se ha colocado un timón que dice perteneció a su bisabuelo.

De él debe de haber heredado ese porte marinero y la mano firme con que piensa gobernar la nave autonómica. Lo que no sabemos es si nos llevará a Serbia, al narcoestado de Kosovo —que tan entusiasmados tiene a los nacionalistas porque creen que sienta un precedente jurídico internacional favorable a cualquier secesión— o a Liechtenstein, diminuto principado donde ciudadanos poco ejemplares evaden capitales para burlar al fisco.

Aunque no nos desvele demasiado, él parece tener claras las ideas. Y es que pasar siete años varado en Puerto Oposición, repasando las cartas marítimas de navegación, dan para mucho. El pasado domingo 9 de enero supimos un poquitín sobre sus náuticas intenciones. Durante una larga entrevista se lo susurró al director del hipersubvencionado diario La Vanguardia, José Antich, quien abría el relato del encuentro con estas palabras:
«Artur Mas i Gavarró (Barcelona, 1956) acaba de asumir la presidencia de la Generalitat coincidiendo con una encrucijada histórica de las relaciones entre Catalunya y España».
Lamentable y harto reveladora introducción. Para empezar, cuando se redacta un texto en lengua española no se escribe Catalunya, sino Cataluña. Del mismo modo que nadie pone London, New York, France, los United States of America o United Kingdom. Es una ridícula reverencia gramatical al nacionalismo. ¿Y qué es eso de «las relaciones entre Catalunya y España»? ¿Es que ya se han separado? Cabría hablar, en todo caso, de las relaciones entre Cataluña y el resto de España, dado que no son dos entidades aparte: la una integra y forma parte de la otra. Que alguien así haya llegado nada menos que a dirigir un periódico de gran tirada evidencia el grado de servilismo y pobreza cultural de esta taifa, donde los intelectuales han sido sustituidos por esbirros.

Metidos ya en la travesía del pregunteo, el almirante Mas se arrancó con respuestas como éstas:
«La transición nacional consiste en virar la nave de la España autonómica de los últimos treinta años hacia el derecho a decidir del pueblo catalán».
Nuestro nuevo dirigente no sólo es avezado navegante en los procelosos mares de la política, sino también en los de la semántica. Razón por la cual se nos hace imprescindible recurrir al Diccionario Arturés-Español/Español-Arturés para comprender que, en realidad, está diciéndonos algo así como: ‘Esto de la transición nacional es un pamplina que se me ha ocurrido a mí para denominar la fase siguiente al pujolismo, y que consiste en terminar de exprimir a España antes de abandonarla’.
«Nosotros estamos dispuestos a seguir colaborando en el Estado español pero con un cambio de registro. Si España pretende que el diseño de las autonomías que se hizo en su momento es inamovible, ahí no hay punto de encuentro sino de ruptura».
Traducción: ‘O el Gobierno central se deja chulear y cede a mis exigencias, o agito a la chusma y provoco la secesión ya mismo’.

Mas acaba de recibir el apoyo de otro insigne marino, Jordi Pujol, aquel opulento superviviente del buque Banca Catalana cuyo naufragio en los años ochenta tan caro nos costó a los contribuyentes españoles: 83.027 millones de pesetas, a través del Fondo de Garantía de Depósitos. El antaño ambiguo expresident por fin se deja de fingimientos y ha alentado la separación de Cataluña en un editorial del boletín del Centro de Estudios Jordi Pujol, que es una fundación dedicada a estudiar de todo excepto el paradero del tesoro del Banca Catalana, todavía sin aparecer.

Veremos cómo termina el viaje.

(En la imagen: don Artur, hecho un Popeye, parece otear inexplorados horizontes de extorsión política al Estado).

15 de enero de 2011

Desamparados

El triunfo de CiU en las elecciones ha supuesto una auténtica hecatombe económica para los integrantes del tripartito. El diario e-Notícies publicaba el pasado 29 de noviembre, que Esquerra Republicana anda preocupada por ver cómo recoloca a unos 400 altos cargos del anterior gobierno pertenecientes a su partido. Los 562.673 parados que según las últimas estadísticas del Ministerio de Trabajo hay en Cataluña que se fastidien. Aquí lo importante es enchufar de nuevo a esos altos cargos, que son altos precisamente porque han demostrado su enorme valía empobreciendo y desindustrializando la región a velocidad meteórica.

Y eso que antes ésta era una tierra de oportunidades: en 2003, por ejemplo, un mero conserje como Ernest Benach podía llegar incluso a presidente del Parlamento autonómico. Ahora él es uno de los numerosos desafortunados que se enfrentan a una difícil situación, porque durante los próximos 4 años únicamente va a cobrar 104.008,95 euros brutos anuales. Cuando cumpla los 65 años de edad tendrá que arreglárselas con una pensión vitalicia de 78.006,71 euros al año. Y para colmo ni siquiera le han dejado llevarse a casa el mp3, el bluetooth, la televisión y el reposapiés en maderas nobles que se instaló en el coche oficial (un Audi A8 Limusina, parecido al de la imagen), y que las presiones de la incomprensiva opinión pública le obligaron a retirar.

Todavía más desesperanzador es el destino que aguarda a José Montilla. Durante cuatro largos años se ha sacrificado cobrando sólo el doble que el Presidente del Gobierno de España: 144.030,12 euros anuales en el momento de dejar su cargo. Junto con otros 19.989 netos al año en concepto de dietas por desplazamientos, aunque éstos los realizaba a bordo de su vehículo oficial. A partir de ahora recibirá una paga de apenas 115.224,96 euros brutos anuales en los 2 bienios venideros (el 80% de lo que ha sido hasta ahora su sueldo, «por un período equivalente a la mitad del tiempo que han permanecido en el cargo y, como mínimo, por una legislatura») en virtud del artículo 2 del Estatuto de los Ex Presidentes de la Generalidad, aprobado en la era Pujol (Ley 6/2003, de 22 de abril). Y una asignación vitalicia a partir de los 65 años consistente en el 60% del sueldo que esté cobrando el presidente de la Generalidad en activo (artículo 3 del citado estatuto).

Pero bien sabido es que en los malos tiempos, ésos que según Chesterton a todos los hombres les tocó vivir, las familias se cohesionan fuertemente para afrontar las adversidades. Por ello es de esperar que la esposa de nuestro catalanista ex presidente de Iznájar, doña Ana Hernández, contribuya al fondo común del hogar con las muy merecidas retribuciones de sus 15 cargos públicos. Que tampoco es cuestión de que Anna y Héctor, hijos suyos y del hombre que durante su mandato ha impedido estudiar en español a las proles ajenas, no puedan continuar asistiendo al elitista Colegio Alemán (Deutsche Schule Barcelona), donde sólo les imparten una hora de catalán a la semana («Dan poco catalán, ésta es la verdad, una hora a la semana es poquísimo. Pero bueno, ya lo supliré yo más adelante. Prefiero que sepan alemán», explicó en su día a la prensa la pluriempleada mamá).

Esperemos que consigan salir adelante y superen esta dura cuesta de enero en que ya nos encontramos.