13 AÑOS DE CRÓNICAS EN ‘CATALIBANES’ 
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28 de octubre de 2014

In fraganti

Martes, 7 de octubre del corriente año (o sea, hace tres semanas, para mejor entendernos): cuelgo en Facebook un enlace hacia «Bestiario», la última entrada publicada en Catalibanes. Transcurridos sólo unos instantes, la página de la red social me notifica que una usuaria, a quien ni conocía ni conozco, y de nombre tan olvidado como olvidable, lo había compartido en su muro junto con la siguiente exclamación (así, en mayúsculas):
«HAY QUE VER LO QUE PUBLICAN DE NOSOTROS LOS CATALANES».
Portada de El País, del 19-05-1984. Ya por entonces el
presidente Jordi Pujol, imputado en la querella por el
Caso Banca Catalana, ejercitaba esa técnica victimista
de hacer pasar por agresión a Cataluña toda iniciativa
contra el nacionalismo y sus latrocinios
Las proclamas a favor de la secesión de Cataluña y la simbología política de ese signo que plagaban su perfil confirmaron mis sospechas de un rápido vistazo. Y decidí enviarle este mensaje a través del chat:
«Me ha gustado mucho que comparta usted mi enlace titulado “Bestiario”, porque así alcanza todavía más difusión. Lo que pasa es que ese truquito de presentar cualquier crítica al NACIONALISMO como un ataque a los CATALANES ya está muy visto y no cuela. Saludos».
A partir de ahí se desencadenó una conversación, en tiempo real, donde persuadida quizás por la propaganda separatista que nos describe a todos los disidentes como seres toscos e intelectualmente inferiores, intentó confundirme esmerándose en el arte del disimulo:
LA SUSODICHA: «No lo he publicado en plan de critica [sic], cada persona tiene su opinion [sic], tu [sic] la tuya, yo la mia [sic], y todas son muy respetables. el [sic] comentario que he hecho lo mismo hubiese sido de un articulo [sic] a favor. hay [sic] veces que las cosas no son lo que parecen. un [sic] buen dia [sic] y un abazo [sic]».
MENDA: «Sí, si todo eso que me pones está muy bien y queda muy bonito, pero tú me has entendido perfectamente: ¿por qué escribes “HAY QUE VER LO QUE PUBLICAN DE NOSOTROS LOS CATALANES”, cuando el artículo del blog no habla de los ‘catalanes’, sino de los ‘nacionalistas’?».
S: «La gran mayoría lo son, digan lo que digan, de cara a la sociedad se dice una cosa y en privado es otea [sic]. Nada que el comentario habría sido el mismo por mi parte. Repito un feliz día y un gran abrazo».
M: «Aunque la “gran mayoría” de los catalanes fuesen nacionalistas, evidentemente no todos lo serían; por lo tanto, presentar una crítica al nacionalismo como un ataque a los catalanes diciendo: “HAY QUE VER LO QUE PUBLICAN DE NOSOTROS LOS CATALANES”, es falsear y actuar de mala fe».
S: «Es tu opinión. Ya te digo que su [sic] fuese un articulo elogiandolos [sic] hubiese hecho el mismo comentario, te lo creas o no, la gente que me conoce lo sabe y con eso me basta. Un abrazo».
M: «El que tú hayas falseado un enlace colgado por mí presentándolo como un ataque a los catalanes NO es una OPINIÓN, sino un HECHO. Y lo sabes. No cuela».
Tras de lo cual, obtuve la callada por respuesta. Así son ellos, así es como tergiversan las cosas para después cobardear.

13 de diciembre de 2013

Al final del camino

Continuamente oigo hablar de la «deriva independentista de CiU». La expresión, repetida hasta el hastío en prensa, radio y televisión, habita el omnipresente discurso de articulistas y comentaristas de sesuda apariencia. Y con perplejidad y pesar compruebo que no han entendido nada. Pero nada de nada. Que, a estas alturas, siguen sin enterarse de qué va el asunto: Convergència no puede haber “derivado” hacia el independentismo por la sencilla razón de que es una formación separatista desde su misma fundación. ¿Deriva independentista de CiU?, nuestra nación sí que va a la deriva; y hacia un seguro hundimiento.

En la transición del franquismo a esta mal llamada democracia (o paso de una dictadura a otra) hubo dos clases de partidarios de la secesión de Cataluña: los que querían proclamarla inmediatamente... y Jordi Pujol. El ex banquero de los tics nerviosos metido a político comprendió que precipitar las cosas hubiera acabado, con toda seguridad, en un monumental fracaso. Al tiempo que hubiera cerrado la puerta a cualquier intento futuro. No quedaba entonces otra opción que edificar pacientemente los pilares de una nueva nación sin que se notase demasiado. A base de sutil adoctrinamiento de la población durante generaciones y de ir rebañando cuotas de poder, en forma de transferencias autonómicas, a los sucesivos gobiernos. Es decir, la zapa silenciosa del Estado. El corredor de fondo en contraposición con quienes pretendían lanzarse a un sprint.

Artur Mas, en visita oficial a la India, haciendo el indio
Ahora asistimos al desenlace. Estamos en el tramo final de su proyecto, y no ante una lógica e incluso disculpable sublevación motivada por la “incomprensión” de Madrid, como ―en línea con el tradicional cinismo nacionalista, que hasta de sus propias canalladas culpa a los demás― se intenta que creamos.

Hace solo unas horas que Artur Mas ha alumbrado la tan esperada pregunta de su ilegal referéndum. Y ha sido un parto múltiple, además, pues dos serán las interrogaciones que planteará, una dentro de la otra, formando una combinación tan enrevesada y mamarrachenta como su progenitor. Pero a mí la pregunta que de verdad me ha interesado siempre es por qué España se encuentra en esta situación. Y esa ya la respondió de manera admirable Antonio Robles en un artículo titulado precisamente así: ¿Cómo hemos llegado a esto? Con acierto, el profesor señala como culpables a todos aquellos dirigentes que, con su cómplice inacción, llevan más de tres décadas permitiendo las fechorías del régimen nacionalista: desde las corruptelas económicas de sus líderes, hasta inconstitucionalidades como la erradicación del español de la enseñanza o las multas lingüísticas.

Resultaría casi imposible encontrar un solo lugar en el mundo que careciera de un equivalente de Mas, de Junqueras, o de cualquiera de los políticos que con ellos dos se reunieron ayer en el Palacio de la Generalidad para delinquir quebrantando el orden constitucional. La diferencia estriba en que los otros países mantienen recluidos en la marginalidad a ese tipo de sujetos, y de ningún modo se les consiente 30 años de constante desafío al Estado. Pero aquí, todos los presidentes del Gobierno de España, sin excepción, han cometido los tres mismos errores:
1.ºCreer en la existencia de un nacionalismo moderado con el cual se podía pactar (no existe el nacionalismo moderado, se trata de un espejismo; lo que sí hay es una facción del movimiento secesionista que, hipócrita y hábilmente, ha venido disimulando sus intenciones).
2.ºPensar que al nacionalismo se le aplaca mediante concesiones de dinero y poder.
3.ºLa convicción ―por un exceso de confianza en las capacidades personales propias, quizás― de que, llegado el momento, podrían dominar al monstruo que estaban alimentando.
Por eso ellos pasarán a la historia como los máximos responsables del terrible desastre que se nos avecina.

16 de septiembre de 2012

Artículo: ‘Independencia y mentiras’

Magistral artículo de Antonio Robles titulado «Independencia y mentiras», que mi buen amigo Quim ha tenido la gentileza de enviarme. Nadie debería perdérselo. Es el análisis más inteligente y valiente que he leído desde la "manifextorsión" del pasado 11 de septiembre. Desde la Marcha sobre Roma en Cataluña.

Con suma lucidez, el autor da las claves del conflicto, así como también las de su única solución posible:
- Independencia y mentiras, por Antonio Robles.
(Solicito máxima difusión del artículo a través de las redes sociales. Sólo de nosotros depende no dejarnos doblegar por ellos).

30 de enero de 2011

Rumbo a Kosovo

Artur Mas está henchido de satisfacción con su flamante cargo de presidente de la Generalidad. Si hasta diríase que flota. Por lo pronto, y para que le traiga suerte, en su recién estrenado camarote-despacho se ha colocado un timón que dice perteneció a su bisabuelo.

De él debe de haber heredado ese porte marinero y la mano firme con que piensa gobernar la nave autonómica. Lo que no sabemos es si nos llevará a Serbia, al narcoestado de Kosovo —que tan entusiasmados tiene a los nacionalistas porque creen que sienta un precedente jurídico internacional favorable a cualquier secesión— o a Liechtenstein, diminuto principado donde ciudadanos poco ejemplares evaden capitales para burlar al fisco.

Aunque no nos desvele demasiado, él parece tener claras las ideas. Y es que pasar siete años varado en Puerto Oposición, repasando las cartas marítimas de navegación, dan para mucho. El pasado domingo 9 de enero supimos un poquitín sobre sus náuticas intenciones. Durante una larga entrevista se lo susurró al director del hipersubvencionado diario La Vanguardia, José Antich, quien abría el relato del encuentro con estas palabras:
«Artur Mas i Gavarró (Barcelona, 1956) acaba de asumir la presidencia de la Generalitat coincidiendo con una encrucijada histórica de las relaciones entre Catalunya y España».
Lamentable y harto reveladora introducción. Para empezar, cuando se redacta un texto en lengua española no se escribe Catalunya, sino Cataluña. Del mismo modo que nadie pone London, New York, France, los United States of America o United Kingdom. Es una ridícula reverencia gramatical al nacionalismo. ¿Y qué es eso de «las relaciones entre Catalunya y España»? ¿Es que ya se han separado? Cabría hablar, en todo caso, de las relaciones entre Cataluña y el resto de España, dado que no son dos entidades aparte: la una integra y forma parte de la otra. Que alguien así haya llegado nada menos que a dirigir un periódico de gran tirada evidencia el grado de servilismo y pobreza cultural de esta taifa, donde los intelectuales han sido sustituidos por esbirros.

Metidos ya en la travesía del pregunteo, el almirante Mas se arrancó con respuestas como éstas:
«La transición nacional consiste en virar la nave de la España autonómica de los últimos treinta años hacia el derecho a decidir del pueblo catalán».
Nuestro nuevo dirigente no sólo es avezado navegante en los procelosos mares de la política, sino también en los de la semántica. Razón por la cual se nos hace imprescindible recurrir al Diccionario Arturés-Español/Español-Arturés para comprender que, en realidad, está diciéndonos algo así como: ‘Esto de la transición nacional es un pamplina que se me ha ocurrido a mí para denominar la fase siguiente al pujolismo, y que consiste en terminar de exprimir a España antes de abandonarla’.
«Nosotros estamos dispuestos a seguir colaborando en el Estado español pero con un cambio de registro. Si España pretende que el diseño de las autonomías que se hizo en su momento es inamovible, ahí no hay punto de encuentro sino de ruptura».
Traducción: ‘O el Gobierno central se deja chulear y cede a mis exigencias, o agito a la chusma y provoco la secesión ya mismo’.

Mas acaba de recibir el apoyo de otro insigne marino, Jordi Pujol, aquel opulento superviviente del buque Banca Catalana cuyo naufragio en los años ochenta tan caro nos costó a los contribuyentes españoles: 83.027 millones de pesetas, a través del Fondo de Garantía de Depósitos. El antaño ambiguo expresident por fin se deja de fingimientos y ha alentado la separación de Cataluña en un editorial del boletín del Centro de Estudios Jordi Pujol, que es una fundación dedicada a estudiar de todo excepto el paradero del tesoro del Banca Catalana, todavía sin aparecer.

Veremos cómo termina el viaje.

(En la imagen: don Artur, hecho un Popeye, parece otear inexplorados horizontes de extorsión política al Estado).

12 de noviembre de 2010

Llévate lo que quieras pero no escribas más

Inmerso ya en su campaña preelectoral, el 31 de octubre Joan Laporta perpetró un artículo en un subvencionadísimo diario separatista, que he traducido íntegramente para compartirlo aquí en cuanto he parado de reírme:
«Estoy plenamente convencido de lo que quiero para nuestro país [por Cataluña]. Estoy plenamente convencido desde la sinceridad y el convencimiento más profundo».
Vamos a ver ―porque mal empezamos―, ¿cómo se puede estar «plenamente convencido» desde «el convencimiento más profundo»? ¡Joan! ¡¡Joan!! Ay, si es que es sacarle del ligoteo, los jets y el champán caro, y se queda en nada. Será para arreglarlo que osa echar mano de un icono mundial de la lucha por los derechos civiles:
«Como Martin Luther King, yo también tengo un sueño. Tengo el sueño de una Cataluña libre, rica, llena, próspera, dichosa y orgullosa de su pasado, de su presente y de su futuro».
Sí, precisamente el pasado es lo que le están investigando a Laporta los jueces, sí. Prosigamos:
«Tengo el sueño de una patria capaz de gestionar su destino. Tengo el sueño de un país donde todos los agravios sufridos por las personas que viven y trabajan en Cataluña sean sólo el mal recuerdo de un pasado que pronto olvidaremos. Mirando hacia delante y trabajando juntos por nuestro futuro como nación, pronto habremos dejado atrás tiempos de injusticias impuestas».
¿Se puede ser más cursi?
«Tengo el sueño de ver a mi tierra querida como el próximo estado de la Unión Europea y del mundo. Tengo el sueño de ver a nuestros hijos y nietos vivir su lengua, su cultura y su identidad con la naturalidad de cualquier otro ciudadano de cualquier país con personalidad propia».
Yo no me puedo creer que esta bazofia literaria haya salido de él. Sin duda, debe de habérsela escrito su compañera de partido Isabel-Clara Subvenció. Digooo, Simó.
«Tengo el sueño de verlos crecer en una tierra próspera con mar, ríos, montaña, campo [como el país de los Pitufos, entonces], industria y, sobre todo, con una gente noble y orgullosa que se crece ante el trabajo y los retos, ante las adversidades y las humillaciones, una gente que sabe vivir los éxitos con medida y solidaridad voluntaria».
Es una alusión a la queja nacionalista de la solidaridad impuesta, el famoso «¡España nos roba!».
«Para que este sueño se convierta en realidad necesitamos un primer paso [ahora es cuando empieza a pedir el voto]. Hay que asumir responsabilidades y contemplar nuestro país no como una región empobrecida de un estado que no nos soluciona nuestros problemas sino como un estado con voz propia en el mundo. Hay que reclamar el bienestar que se merece nuestro trabajo: mejores pensiones para la gente mayor, mejores salarios para los trabajadores, más oportunidades para los jóvenes, más incentivos para las empresas, más recursos para los emprendedores, más sanidad, más enseñanza, más infraestructuras...».
Y esto lo está prometiendo uno que, según la auditoría de KPMG, ha dejado al FC Barcelona con una deuda de 552 millones de euros, la mayor de su historia.
«Nos lo merecemos. Tenemos, como reza la constitución norteamericana, derecho a la felicidad [suponemos que se refiere a la de Estados Unidos, porque es que en Norteamérica hay además otros dos regímenes constitucionales: los de Canadá y México. Ni de geografía sabe]. O, como proclama nuestro himno, necesitamos segar las cadenas que nos mantienen atados».
Está refiriéndose a Els Segadors, ese canto violento y fratricida que los políticos del Parlamento autonómico elevaron a himno “nacional” de Cataluña en 1993.
«Sólo depende de nosotros, de todos nosotros, tanto de los que hemos nacido en Cataluña como de los que habéis escogido este país para vivir. El próximo 28 de noviembre podemos iniciar un camino que nos lleve decididamente hacia nuestro futuro en plena libertad. El 28 de noviembre podemos dar el primer paso para conseguir el pasaporte hacia la plena prosperidad».
Impresionante. Difícil encontrar un texto con tal cúmulo de palabrería vana y memeces grandilocuentes para narcotizar a las mentes débiles. Nótese su apelación a la sensiblería patriotera del vulgo recurriendo intencionadamente nada menos que cuatro veces en su discurso ―publicado en catalán― a la palabra plena, la cual goza de especial significación en la primera estrofa de la letra de Els Segadors.

El título de esto es Fem del somni una realitat (‘Hagamos del sueño una realidad’). Pues sigue soñando, Joan. Que, como diría el Humphrey Bogart de Casablanca: siempre te quedará Uzbekistán.

16 de julio de 2010

La ‘manguifestación’

Acostumbrados como están a inventarse naciones, imperios mediterráneos y héroes que huyen, no les debe de costar demasiado a los separatistas inventarse un millón y medio de adeptos en una marcha donde los análisis aseguran que acudió —en realidad— veinte veces menos gente. Además de que el lema de la convocatoria no era a favor de la independencia, sino para defender el Estatuto. Pero les da igual, ellos adelante con la mentira numérica, ufanándose como aquél del “¡mira, mira, mira qué larga la tengo!”, utilizándola estos días como arma política en los parlamentos —el catalán y el nacional—, y también para augurar una pronta e inevitable secesión de España en fechas próximas.

En cualquier democracia lo que cuenta son los resultados salidos de las urnas (cuantificables), y no las exhibiciones callejeras de masas, que es a lo que recurrió Benito Mussolini durante dos días consecutivos para arrebatar el poder en Italia. Además, aunque nos emborrachásemos con vino de Montilla y diésemos por buena la exageración del millón y medio de asistentes, ¿qué importancia tendría frente a los casi siete millones y medio de habitantes de Cataluña, o comparado con los 2.828.332 que en esta región votaron a favor de la Constitución?

Los embusteros no han dado una sola prueba objetiva en la cual apoyar su disparatado cálculo sobre la protesta, que discurrió por una vía (Paseo de Gracia) con sólo ocho travesías. «Es que los manifestantes iban muy juntos y en un m² caben hasta 8 personas», he leído comentar a alguien en los medios. ¡Hombre!, pues, si fue así, preparémonos para recibir una auténtica explosión demográfica dentro de nueve meses, porque con tanto roce...

La cifra definitiva que ha proporcionado la empresa Lynce, especializada en la medición de concentraciones humanas mediante recuento informático de fotografías aéreas, es de 62.000 personas. Con una estimación de error al alza del 20%, que podría elevar la asistencia hasta un máximo de 74.400. Pero no más. Estos datos, así como las imágenes del recorrido y su metodología de contabilización, pueden consultarse en su página www.lynce.es/es/manifadetalle.php?cod=44. Allí encontramos también argumentos que tiran por tierra la falacia, como los siguientes:
«Entendemos el sentimiento de frustración de quienes, obsesionados con el millón “prometido”, no admiten ningún aumento que sólo sea de unas pocas “decenas de miles”. Pero la realidad es una cuestión observable y nosotros mostramos nuestros datos y explicamos el procedimiento por el que llegamos a ellos.
»Nos gustaría que otros “fabricantes” de cifras también pudieran explicar pormenorizadamente sus propios procedimientos».
Pues, ni pío han dicho hasta el momento esos mangantes que fabrican cifras, no. Nada han explicado. Sigamos:
«Lo decimos porque el problema no es esta manifestación de Barcelona, ni cualquier otra de Madrid, Valencia, Bilbao o Zaragoza. El problema reside en quienes propalan la idea de que el millón es fácilmente alcanzable en cuanto vemos que la multitud que podamos tener ante nosotros es realmente MASIVA.
»Créannos, porque es pura física: una foto con un millón de personas en ella es un diamante en bruto. Y mucho me temo (aunque esto es sólo una opinión y no un dato) que ninguno de nosotros ha visto nunca ese diamante en todo lo que llevamos de democracia. Y antes (en la Plaza de Oriente) aún menos.
»Para los aficionados a las cifras millonarias, hemos hecho un pequeño cálculo: la Diagonal es una de las principales avenidas de la ciudad de Barcelona y corta en dos el distrito central del Eixample. Tiene una longitud de unos 11 km y una anchura de 50 metros.
»Pues bien, ni siquiera con una densidad media de 1,7 personas / metro cuadrado (cifra altísima para una multitud en movimiento) podríamos concentrar en todo ese espacio a un MILLÓN de personas».
En fin, lo de siempre cuando hablamos de nacionalismo: muchos fuegos de artificio con pólvora mojada.

6 de julio de 2010

Premeditada indignación

Si algo caracteriza a los separatistas es el cinismo. Un cinismo proverbial, descarado, sin medida. Están instalados en la mentira, que es el líquido amniótico donde evolucionan hacia formas asombrosas de desvergüenza. Y lo mismo falsean la historia, que tergiversan la actualidad en obsceno ejercicio de lo que han bautizado eufemísticamente como patriotisme català.

En el referéndum celebrado el 18 de junio de 2006, votaron en contra del nuevo Estatuto de Autonomía siguiendo las consignas de la oficina parlamentaria del secesionismo, Esquerra Republicana. Consideraban eso del “estatutet” una engañifa colonialista amasada desde Madrid que de ningún modo les interesaba. Porque a ellos lo que les va es lo hard, lo duro. Quieren directamente una Constitución Catalana subsiguiente a la proclamación de su tan ansiada independencia.

Por ello sorprende la última desfachatez que han protagonizado: el pasado martes 29 de junio, escasas horas después de conocerse que el Tribunal Constitucional les iba a recortar un poquitín su repudiado texto estatutario, varios centenares se echaron a la calle con banderas secesionistas (estelades) para protestar enérgicamente en la Plaza de San Jaime de Barcelona, sede del Palacio de la Generalidad y del Ayuntamiento. Vivir para ver. Y es que acechan cualquier mínima circunstancia que poder aprovechar incendiariamente para la explotación del victimismo, para argüir otra vez:

—¿Veis?, España odia a Cataluña. No respeta nuestro autogobierno ni nuestra voluntad popular. Despertad. No nos dejan otra opción que marcharnos porque no cabemos dentro de su excluyente y fascista concepto de la democracia —ellos, precisamente ellos que votaron en contra.

La cita (en la imagen) tuvo más de Rave Party que de manifestación política, ya que los “indignadísimos” vociferantes escenificaron un multitudinario brindis por la independencia con cava de una entidad autodenominada como Red de Establecimientos con Conciencia Nacional, al nada barato precio de 5 euros cada vaso. Es decir, se aprovechó para hacer caja. Pues no debemos olvidar que, en el fondo, todo esto del nacionalismo no es más que un monumental negocio urdido por cuatro espabilados —y algún robahuevos— y sustentado sobre una masa de tontos útiles.

21 de junio de 2010

Clamor popular

Permanecieron desiertas las playas; los parques, sin gente; cines y cafeterías hubieron de cerrar por ausencia de público; y en los bingos de 48 municipios catalanes, ayer domingo no se cantó otra cosa que un hondo lamento ante la inexistencia de clientes.

Al grito de “¡Libertad, libertad, por el fin de la colonización, libertad!”, una inmensísima, enorme, abrumadora, desmedida, masiva, excesiva, desbordada, descomunal, inabarcable y nunca antes vista muchedumbre se lanzó literalmente contra las urnas para votar a favor de la secesión de Cataluña. Las colas resultaron kilométricas, e interminables las horas de espera para depositar el anhelo desmembrador en forma de papeleta dentro de una libertadora urna. Después, todos regresaron emocionados a sus casas dando pequeños saltitos —que eran, en realidad, pasos de sardana— y, al llegar, abrazaron fuertemente contra su pecho un retrato de Santiago Espot mientras se disponían a aguardar la inminente proclamación de la República Catalana desde algún balcón institucional.

Las cifras no pueden ser más elocuentes, 86 de cada 100 mayores de 16 años (inmigrantes ilegales incluidos) pasaron cantidad de ir a votar por considerar, quizás, que tienen otras prioridades en sus vidas. Y de entre quienes se acercaron a las mesas, el 7,5% eligió la continuación del orden constitucional vigente. Y es que, al igual que en las anteriores tandas de pseudoreferéndums, quedó demostrado lo que tanto tiempo llevan repitiendo los separatistas de forma rotunda, inapelable: que la población de Cataluña ansiamos mayoritariamente la independencia, ¡claro que sí!

Ahora, una vez apagados los focos y barridos los restos del aquelarre, flotan dos preguntas en el aire: ¿con qué dinero se está pagando todo esto? ¿Por qué se les permite utilizar indebidamente los censos oficiales, con los que podrían estar confeccionándose una lista negra de desafectos a la causa?

11 de mayo de 2010

Llega el circo al país de los relojes

Son los helvéticos nación acreedora de admiración y tradicionalmente conocida por su elevado desarrollo. Baste explicar, como anécdota, que la única estatua de toda Suiza erigida a un militar lo es en honor del valiente general que impidió una contienda armada entre civiles momentos antes de que estallase.

Debieron de quedarse patidifusos los civilizados habitantes de Ginebra cuando este sábado sufrieron el desembarco de —según la policía local— unos 1.600 autonombrados representantes de Cataluña, que fueron a montar el numerito y realizar su habitual exaltación del aldeanismo. Tenían como objetivo la sede de las Naciones Unidas, ante cuya puerta entonaron a coro el ya consabido Somos-una-nación-oprimida-por-la-malvada-España-snif. La manifestación, que venía siendo anunciada en medios separatistas desde semanas antes y contaba con la pública adhesión de algún que otro gacetillero del Régimen y un par de actores secundarios de telenovelas de TV3, estuvo convocada por 84 organizaciones separatistas —¿subvencionadas, cuántas? ¿Todas?—, las cuales reconocieron una asistencia de gente menor de la esperada. Asistencia que ha sido, también, más baja que la registrada a otro acto similar el pasado año en Bruselas.

Dos días antes, el jueves 6 de mayo, ya habían entregado al Consejo de Derechos Humanos una carta donde reclamaban el derecho de autodeterminación que se contempla en los Pactos Internacionales, cenagoso concepto alumbrado y redactado después de la Segunda Guerra Mundial para la descolonización de los hasta entonces existentes imperios. Es decir, que ellos mismos ponen a su región al mismo nivel que Angola o Zambia.

Tras la lectura en inglés y catalán de un manifiesto victimista, y la berrea de imaginables consignas, los gañancitos concluyeron la función de forma muy cosmopolita: canturreando Els Segadors y bailando sardanas en medio de una plaza. No especifica, sin embargo, la noticia si soltaron por las calles algún ruc català.

(En la imagen, posando con la barretina a rosca frente a la sede de la ONU; sólo les falta el palillo en la boca y gritar algo así tipo: —Ueeeeeeeeeh, les cabreees!).