13 AÑOS DE CRÓNICAS EN ‘CATALIBANES’ 
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1 de agosto de 2016

Crónica de una secesión anunciada

Miércoles, 27 de julio de 2016: 72 golpistas disfrazados de diputados democráticos aprueban por mayoría absoluta en el Parlamento autonómico de Cataluña las Conclusiones de la Comisión de Estudio del Proceso Constituyente. El texto es consecuencia y continuación de la Resolución 1/XI, tomada en el pleno del 9 de noviembre de 2015, la cual declaraba «solemnemente el inicio del proceso de creación de un Estado catalán en forma de república» (punto segundo). Y que también salió adelante con el apoyo de Juntos por el Sí y de Candidatura de Unidad Popular (CUP), en un hemiciclo compuesto por 135 escaños y donde, merced a nuestra imperfecta ley electoral, ambas formaciones políticas están parlamentariamente sobrerrepresentadas puesto que entre las dos apenas sumaron el 47'8% de los votos en las pasadas elecciones catalanas.


Desfile en Barcelona de los escamots (‘pelotones’)
de las Juventudes de Esquerra Republicana y Estat
Català (JEREC) el 22 de octubre de 1933, luciendo
uniformes de estética paramilitar: camisa caqui,
pantalones cortos oscuros y correajes de cuero
El recién aprobado documento arranca con un cínico intento de justificación de la sedición en marcha:
«Actualmente, no hay ningún margen de acción para el reconocimiento del derecho a decidir del pueblo catalán dentro del marco jurídico constitucional y legal español. La única manera posible de ejercer ese derecho es por la vía de la desconexión y la activación de un proceso constituyente propio».
Pero es sin duda el punto número 9, del total de 11 de que consta, el más sorprendente:
«La Asamblea Constituyente, una vez convocada, elegida y constituida, dispondrá de plenos poderes. Las decisiones de dicha asamblea serán de cumplimiento obligatorio para el resto de los poderes públicos y para todas las personas físicas y jurídicas. Ninguna de las decisiones de la asamblea será tampoco susceptible de control, suspensión o impugnación por ningún otro poder, juzgado o tribunal».
Definición de dictadura según el Diccionario de la Real Academia Española:
«1. f. Régimen político que, por la fuerza o violencia, concentra todo el poder en una persona o en un grupo u organización y reprime los derechos humanos y las libertades individuales».
Y como quinta acepción de la palabra:
«5. f. Régimen autoritario en cualquier ámbito».
Al buscar autoritario:
«5. adj. Dicho de un régimen o de una organización política: Que ejerce el poder sin limitaciones».

18 de marzo de 2015

50 sombras de Rajoy Brey

No olvido lo mucho que me impactó una escena de la cadena humana en la Diada de 2013: la mal llamada Vía Catalana. Durante toda la tarde seguí su retransmisión en directo a través de TV3% o como se llame eso que tanto dinero nos cuesta de nuestros impuestos. Sería injusto no reconocer que la cobertura informativa del evento era impresionante: unidades móviles, conexiones simultáneas, reporteros desplegados por múltiples puntos del trazado, mapas, banderas, infografía, analistas, comentaristas y tertulianos en el estudio. Sintonías musicales, entrevistadores y entrevistados, micrófonos para registrar el jacarandoso sonido ambiente, helicópteros sobrevolando. Puede que algún que otro dron. Y niños, muchos niños. Algunos de ellos, animados por sus mayores a colocarse ante la cámara para echarse un precioso canturreo antiespañol.

El caso es que cuando al fin arribó la mágica hora de las 17:14, repleta de simbolismo para esta grey, repicaron las campanas de las iglesias y todos se agarraron de las manos con ridícula solemnidad. La mirada, perdida. Seriedad absoluta en sus rostros. Impasible el ademán. Y bastantes de ellos, vistiendo las camisetitas amarillas que al módico precio de doce eurazos cada una, tita Carme Forcadell les había endilgado en nombre de la causa.

Cadena humana, el 11 de septiembre de 2013. Un análisis
de la ‘gigafoto’ tomada ese día revelaría posteriormente
que de los 793.683 participantes (no dos millones como
dijeron los organizadores), más de 130.000 eran niños
Permanecieron en esa pose exactamente un minuto. Después del cual sobrevino la consabida explosión de grititos histéricos (In-inda-indapandanchi-á!! GÑÑÑÑ!!), seguida de un sonoro aplauso que se dedicaron a ellos mismos.

Y ahí es cuando vino lo bueno. Porque tras esos escasos dos minutos que la astracanada tardó en concluir, la mayoría quedaron desconcertados, mirándose unos a otros, sin querer marcharse pero sin saber tampoco lo que hacer. Como preguntando para sí: ¿ya está, esto ha sido todo? Habían hecho un montón de kilómetros hasta aquella carretera en medio de la nada, ¿y sólo para eso? Así, unos optaron por sentarse en el arcén, esperando no se sabe qué, mientras los demás deambulaban de un lado a otro entre desconocidos, tratando de hacer tiempo y resistiéndose a regresar. Yo diría que aguardaban el milagro: el anuncio por megafonía de la proclamación de la República Catalana en aquel preciso instante. Y que quizás no fuese hasta entonces cuando comprendieron la futilidad de su acción. Que tanto esfuerzo y tanto gasto en el desplazamiento (despilfarro de tiempo, y también de dinero en esta terrible época de crisis) no habían dado los frutos inmediatos que imaginaban. Que las cosas continuaban exactamente igual.

Aquella fue sólo una de tantas movilizaciones, entre las que cabe citar: una gran marcha sobre Barcelona, la creación de una gigantesca V, un soporífero recital musical en el estadio del Barça con cantantes olvidados u olvidables, un adulterado tricentenario, mosaicos humanos norcoreanos, desfiles de antorchas a lo hitleriano, misivas de súplica a altos mandatarios europeos, lloriqueos a la ONU, una declaración de soberanía del Parlamento autonómico tan fraudulenta como esperpéntica... hasta culminar con el ilegal referéndum de autodeterminación del pasado 9 de noviembre, que ninguna autoridad impidió.

Pero tras tan monumental despliegue escenográfico y litúrgico, parece que el cansancio y el desaliento cunde entre las bases. Varias fuentes informan que incluso podrían estar produciéndose agrias disensiones en el núcleo dirigente del proceso separatista: los políticos y las bien engordadas entidades agitadoras. Han jugado ya todas sus bazas. Salvo una declaración unilateral de independencia (a lo cual todavía no se atreven; todavía), ninguna otra provocación más les queda por intentar. Y sistemáticamente toparon en cada ocasión con la pasividad del Gobierno, que se limitó a ir traspasándole el problema al Tribunal Constitucional.

Unos, han criticado severamente esta ausencia de respuesta de Mariano Rajoy, y no descartan que sea fruto del miedo o de un bastardo interés por mantener la puerta abierta a futuros pactos con CiU tras las elecciones. Para otros en cambio, la inacción de nuestro presidente obedece a una inteligente estrategia de desgaste del secesionismo, consistente en ignorar su creciente nivel de afrentas y rehuir toda confrontación para evitar que se victimice.

Enigmático personaje este tal Brey, quien pese a la intención anunciada por Artur Mas de abrir por el mundo 50 nuevas pseudoembajadas en los próximos meses, sigue pagándole ―entre otras― las facturas de las farmacias catalanas.

11 de mayo de 2014

Caudillo

Esta semana, Francesc de Carreras, Catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Barcelona, ha publicado en El País un artículo extraordinariamente clarificador. Se titula «La independencia que viene de lejos», y sus tesis coinciden con lo tantas sostenido por este blog en multitud de crónicas (¡Falta diálogo!, La estrategia del miedo, El eslabón perdido, Deprisa, deprisa, Mussolini 2.0, El bloguero tiene quien le escriba, En el dolor y en la enfermedad o Rumbo a Kosovo; y en especial, Al final del camino y Decidiendo): que no estamos ante ninguna deriva secesionista de Convergència i Unió, como de manera irreductible repiten innumerables pazguatos empeñados en seguir sin enterarse de nada, sino en la última fase de una estrategia cuidadosamente ejecutada desde la Generalidad durante décadas. Por supuesto, esta no se desactivaría otorgando todavía más transferencias de poder y dinero a la Autonomía catalana. Ni tampoco transformando España en un Estado federal, como sugiere algún que otro pánfilo.


El proyecto separatista de Jordi Pujol, iniciado en la
Transición mediante la zapa del Estado y la creación
de una nación imaginaria, está próximo a concluir
El certero análisis de Francesc de Carreras concuerda también con las premonitorias palabras del ex presidente Josep Tarradellas cuando, en la temprana fecha del 31 de octubre de 1985, advirtió sobre las malas artes de Jordi Pujol, sucesor suyo al frente de la Generalidad por aquel entonces, y sobre la clase de régimen que estaba instaurando en Cataluña: «una dictadura blanca muy peligrosa, que no fusila, que no mata, pero que dejará un lastre muy fuerte».

Aunque extenso, el artículo es de los que atrapan al lector desde el primer párrafo y luego se antojan cortos. Porque compone un retrato de nuestra situación tan fidedigno como infrecuente:
«Parece que finalmente la situación en Cataluña preocupa, y mucho, en el resto de España, especialmente entre la clase política que reside en Madrid. La sesión del Congreso en la que tres parlamentarios representantes de la Cámara catalana expresaron con meridiana claridad, aunque cada uno con sus propios matices, que estaban dispuestos a separarse de España, ha tenido su impacto. La cosa, según parece, va en serio, el arreglo no parece fácil y las partes están cada vez más distanciadas.
»Considero positiva esta nueva percepción desde el exterior de la realidad catalana. Hasta ahora se pensaba que Cataluña sufría un simple estado febril que podía curarse con aspirinas, a lo más con antibióticos. Quizás ha llegado el momento de pensar que el alcance de la enfermedad es bastante más grave porque su causa no está en una estratagema táctica de los dirigentes nacionalistas sino en el resultado de una labor callada, desarrollada desde hace muchos años, en el seno de la misma sociedad catalana.
»En efecto, por lo menos desde 1980, durante el primer Gobierno de Pujol, comenzó lo que suele denominarse “proceso de construcción nacional”, una inteligente obra de ingeniería social cuyo objetivo ha sido el de transformar la mentalidad de la sociedad catalana con la finalidad de que sus ciudadanos se convenzan de que forman parte de una nación cultural, con una identidad colectiva muy distinta al resto de España, que solo podrá sobrevivir como tal nación si dispone de un Estado independiente. Se trata de aplicar la clásica fórmula decimonónica del principio de las nacionalidades: toda nación (identitaria) tiene derecho a un Estado propio.
»Digo que este proceso ha sido inteligente porque, a pesar de llevarse a cabo de forma premeditada y perseverante, una buena parte de los catalanes no se han dado cuenta de la manipulación, sigilosa y astuta, a la que han sido sometidos. Solo ahora algunos están abriendo los ojos a la realidad, como si despertaran de un mal sueño.
»En efecto, desde el primer momento las fuerzas nacionalistas han ido presionando para conseguir la hegemonía política, social y cultural dentro de la sociedad catalana. Para tal cometido ha resultado decisivo el apoyo activo y pasivo de los partidos de izquierda, tanto el PSC como ICV-IU, así como de los sindicatos CCOO y UGT, las patronales y otros muchos sectores de la llamada sociedad civil, desde las asociaciones de maestros y de padres en las escuelas hasta los clubes y las federaciones deportivas. Sin su inapreciable colaboración, tan generosamente subvencionada por la Generalitat, el nacionalismo hubiera sido tan solo la ideología de una pequeña parte de la población. Ahora son muchos los que se lamentan, pero cuando hace años algunos discrepantes ya se lo advertían, tildaban a estos de exagerados y alarmistas, por supuesto de nacionalistas españoles y, presos de un síndrome de Estocolmo colectivo, hasta de fachas.
»¿Cuáles han sido, a mi parecer, las principales líneas estratégicas de esta construcción nacional?
»En primer lugar, considerar desde sus inicios que la autonomía era manifiestamente escasa para las aspiraciones catalanas. A pesar de que la Generalitat ha dispuesto siempre de un gran poder político, como han reconocido todos los especialistas en sistemas federales, las muestras de insatisfacción han sido constantes. Curiosamente, que las competencias catalanas, así como las del Estado, se transfirieran a la Unión Europea, nunca ha suscitado queja alguna. En cambio, han sido numerosos los conflictos competenciales internos. La razón de fondo está en que así se alimentaba la sensación de que la Generalitat, además de tener poco poder, aún se le racaneaba el que tenía y de esta manera se pretendía demostrar que había que superar el Estado de las autonomías por ineficiente para el progreso de la sociedad catalana. De este modo, el Estatuto siempre ha sido considerado como un instrumento para alcanzar mayores cotas de poder, nunca como un instrumento para ejercer lo mejor posible aquellas que posee.
»Por este motivo, la Generalitat se dotó desde el primer momento de instituciones más propias de un Estado que de una comunidad autónoma. Lo que se ha pretendido es ir preparando el Estado del futuro mientras se desarrollaban las competencias del presente. De ahí resultaron duplicidades y disfunciones que a la postre han resultado carísimas y financieramente insostenibles. Todo ello acentuado por el hecho de que muchas de los demás comunidades han imitado el ejemplo catalán tras igualarse las competencias en sentido federal durante los años noventa.
»En segundo lugar, desde la Generalitat, a través de sus instrumentos de agitación y propaganda, se ha intentado dividir a los ciudadanos en catalanistas y españolistas, dando legitimidad política, social y cultural solo a los primeros. No ha sido una cuestión de lengua sino de ideología. El nacionalismo catalán se fue convirtiendo rápidamente en la única ideología legítima y obligatoriamente transversal. No importaba ser de derechas, de izquierdas o de centro, mientras no se saliera de los límites fijados por quienes determinaban lo nacionalmente correcto. En lo demás se podía discrepar, en eso no. Además, o eras nacionalista catalán o nacionalista español: la razonable alternativa de no ser nacionalista de ningún tipo, es decir, de ser no-nacionalista, algo tan común y civilizado en los países de nuestro entorno, era considerada como un mero subterfugio para encubrir que eras nacionalista español.
»En tercer lugar, se fue reescribiendo la historia hasta alcanzar un modelo adecuado a la nación soñada. En efecto, todo proceso de construcción nacional necesita una historia oficial única que fije los orígenes y el devenir de la nación, haciendo que esta, aunque cambiante en lo superficial, resulte inalterable en lo esencial, en las cuestiones de fondo. De ahí deben surgir la legitimidad histórica y el carácter nacional. Viejos maestros como Vicens Vives y Pierre Vilar, aunque su autoridad se invoque continuamente con todo el cinismo, han sido arrinconados incluso por sus discípulos más directos, para dar paso de nuevo a una historia romántica de Cataluña más basada en el sentimiento nacional que en los datos comprobables. El actual espectáculo de un 1714 imaginario, considerando esta fecha como el final de un inexistente Estado catalán independiente, es bien revelador. España contra Cataluña (1714-2014), título de un reciente congreso, no se sabe si mueve a risa o a pena.
»En cuarto lugar, desde sus comienzos, la Generalitat ha ejercido un estrecho control sobre la sociedad civil a través, primero, de su influencia en las asociaciones y fundaciones, colegios profesionales y centros de enseñanza; y, segundo, por la supeditación de los medios de comunicación públicos y el predominio sobre muchos medios privados. En este vasto campo, Jordi Pujol fue un auténtico maestro, conocía Cataluña palmo a palmo y no dudaba en premiar o castigar, nombrar o destituir, subvencionar o dejar en la miseria, dar permisos y concesiones o negarlas, a quienes estaban de su lado o en el lado contrario. En Cataluña ha habido unas redes clientelares y un sutil maccarthysmo que han inspirado miedo para así comprar y vender voluntades.
»Estos son algunos de los principales elementos que, durante 35 años, han creado el caldo de cultivo que nos ha conducido a la situación actual. La aspiración a la independencia, pues, viene de lejos, no es flor de un día, ni un subidón, ni un suflé. Sigue siendo minoritaria pero es la que más se oye, la que más altavoces tiene. Hacer todo lo posible para que se escuche al resto es tan importante como urgente si en lugar de construir una nación pretendemos llegar a ser una sociedad democrática».

29 de enero de 2013

Decidiendo

Para comprender la mentalidad separatista, algo no logrado aún por ningún Gobierno de la nación, resulta imprescindible partir de la base de que es un movimiento profundamente cínico. De un cinismo inmenso, descomunal, sin parangón. Que ha encontrado en la mentira y en la manipulación sus armas preferidas.

Especialidad suya es vestir con palabras biensonantes cosas ilegales y antidemocráticas. Por ejemplo, a la imposición del catalán la denominan normalización lingüística ―quienes en Cataluña nos resistimos a dejar de hablar habitualmente en español debemos de ser, por tanto, “anormales”―; al soborno institucionalizado de la prensa lo bautizan con cada golpe de subvención como ayudas al catalán, o protección de una lengua minoritaria también; y tomar de la legalidad sólo aquello que les conviene mientras desacatan el resto recibe de boca de ellos el eufemístico nombre de soberanismo.


Entre la infantilidad y el golpismo, tapan el
retrato del Rey en la toma de posesión de
Artur Mas como presidente autonómico
el 24 de diciembre de 2012
Su más reciente timo en marcha, lo último con lo cual están retorciendo la semántica, es el tan cacareado dret a decidir (‘derecho a decidir’), un eslogan repleto de connotaciones positivas que hábilmente esgrimen para confundir a los incautos y acomplejar a los constitucionalistas. Porque ¿quién sería capaz de oponerse a que el pueblo resuelva sobre cualquier asunto en libertad, quién? ¿Un malvado, un incivilizado, un monstruo? ¿Alguien con profunda aversión hacia la democracia? ¿Quién? Pues, para empezar, ellos. Que con tan artero truco pretenden hurtarnos nuestra soberanía a todos los españoles en cuestiones fundamentales como un cambio en nuestro modelo de Estado, o la modificación de las fronteras de España asociada al desgajamiento de una parte. Además de aspirar a quedarse con infraestructuras pagadas por todos.

Con su concepción totalitaria y su nacionalismo exacerbado, serían precisamente los separatistas los primeros en impedir violentamente que cualquier pueblo, ciudad o comarca actual optase por segregarse de Cataluña. Es decir, que ni ellos mismos se creen esa patraña del derecho a decidir. Es el obsceno montaje de quienes se han anexionado virtualmente las Baleares, Valencia, parte de Murcia y la franja oriental aragonesa dentro del delirio imperialista de los Països Catalans sin escuchar la decisión de sus habitantes.

Pero la argucia funciona y, cuando no están llevándose el dinero a Suiza o Liechtenstein, andan envalentonados los del cártel reclamando a gritos un referéndum de autodeterminación bajo esa tramposa envoltura. Porque existe ya una mayoría social en Cataluña favorable a la secesión según algunas encuestas y cuentan con ganarlo. Decía el rey Balduino que bastan veinte segundos de guerra para destruir a un hombre, pero se necesita veinte largos años de paz para crearlo. Pues bien, han sido muchos más de treinta los años de adoctrinamiento nacionalista, en las escuelas y a través de los medios de comunicación controlados por la Generalidad ―prácticamente todos―, que han producido varias generaciones de hombres y mujeres fanatizados en el pensamiento único y dispuestos para la batalla. Ahora es el tiempo de los frutos.

Engaños aparte, la verdad es que la facultad decisoria existe desde muchísimo antes de que los separatistas la invocasen espuriamente mediante su perversión del lenguaje: Artur Mas está decidido a sublevarse, y todos los días decide recortar en sanidad y educación para seguir tirando dinero en su costosísimo andamiaje identitario; y los votantes, por su parte, han decidido poner al frente de la Autonomía a unos maleantes. Por eso ésta es una sociedad enferma.

11 de mayo de 2010

Llega el circo al país de los relojes

Son los helvéticos nación acreedora de admiración y tradicionalmente conocida por su elevado desarrollo. Baste explicar, como anécdota, que la única estatua de toda Suiza erigida a un militar lo es en honor del valiente general que impidió una contienda armada entre civiles momentos antes de que estallase.

Debieron de quedarse patidifusos los civilizados habitantes de Ginebra cuando este sábado sufrieron el desembarco de —según la policía local— unos 1.600 autonombrados representantes de Cataluña, que fueron a montar el numerito y realizar su habitual exaltación del aldeanismo. Tenían como objetivo la sede de las Naciones Unidas, ante cuya puerta entonaron a coro el ya consabido Somos-una-nación-oprimida-por-la-malvada-España-snif. La manifestación, que venía siendo anunciada en medios separatistas desde semanas antes y contaba con la pública adhesión de algún que otro gacetillero del Régimen y un par de actores secundarios de telenovelas de TV3, estuvo convocada por 84 organizaciones separatistas —¿subvencionadas, cuántas? ¿Todas?—, las cuales reconocieron una asistencia de gente menor de la esperada. Asistencia que ha sido, también, más baja que la registrada a otro acto similar el pasado año en Bruselas.

Dos días antes, el jueves 6 de mayo, ya habían entregado al Consejo de Derechos Humanos una carta donde reclamaban el derecho de autodeterminación que se contempla en los Pactos Internacionales, cenagoso concepto alumbrado y redactado después de la Segunda Guerra Mundial para la descolonización de los hasta entonces existentes imperios. Es decir, que ellos mismos ponen a su región al mismo nivel que Angola o Zambia.

Tras la lectura en inglés y catalán de un manifiesto victimista, y la berrea de imaginables consignas, los gañancitos concluyeron la función de forma muy cosmopolita: canturreando Els Segadors y bailando sardanas en medio de una plaza. No especifica, sin embargo, la noticia si soltaron por las calles algún ruc català.

(En la imagen, posando con la barretina a rosca frente a la sede de la ONU; sólo les falta el palillo en la boca y gritar algo así tipo: —Ueeeeeeeeeh, les cabreees!).